Evan aguardó durante horas, esperando a que Crow apareciera, mas del agua no salió nadie. Y sin más la ropa de Crow se desvaneció en una nube negra. Él no apareció en el comedor para desayunar, ni tampoco para comer, y a la hora de la cena muchos dijeron verle deslizándose entre las sombras que proyectaban las grandes columnas de piedra, pero ninguno estaba seguro, ninguno alcanzó a hablar con él. Y así durante días. Los rebeldes decidieron levantar una tumba simbólica al lado de la de Melinda, para demostrar así que aún rendían culto al que siempre sería el mejor rey que había pisado esas tierras. Y justo cuando ya lo habían construido, y todos se reunieron ante la nueva losa tallada a la perfección, con cada detalle cuidado al milímetro, apareció Crow, se puso frente a la losa y no dijo nada, sólo se quedó allí, en silencio, durante horas, hasta que todos se marcharon, hasta que las antorchas se consumieron, inmóvil. A la mañana siguiente, Evan entró a la sala, y puso su mano sobre el hombro de Crow, intentando animarle, y fue entonces cuando, entre los guantes negros de Crow, pudo ver una cadena de oro, un colgante. En realidad, la mitad de un colgante… La mitad que le faltaba, la mitad de Melinda, la mitad que completaba aquel colgante que Aldor le había entregado.
Evan se cegó con la ira, empujó a Crow contra la pared oprimiendo su garganta y le preguntó, a voz en grito, dónde había encontrado eso y por qué no había informado de ello, por qué no había dicho nada de un hallazgo que podía desvelar el paradero del cadáver de la joven Melinda.
-¿De veras crees que tienes la suficiente fuerza en tus manos de humano insensato e impulsivo como para impedir mi respiración, Evan? –Crow estaba calmado, como si estuviese sentado ante una mesa bebiendo cerveza, como si su vida no corriera peligro en absoluto.
-Juro que si no respondes de una maldita vez a todas mis preguntas te desgarraré el pescuezo. ¿Quién demonios eres y de dónde has sacado ese colgante? –Evan se enfurecía cada vez más, pero sus manos no temblaban. Sabía lo que decía, y no le importaba perder la vida del mejor guerrero que tenían, no le importaba arriesgar todo el trabajo de la resistencia, no le importaba que sin él no pudieran ganar la gran batalla. No le importaba porque no consentiría que el asesino de la joven que robó su corazón tuviera la osadía de tratarle de amigo.
-Evan, tranquilízate, por favor. No estás pensando con cordura -. Crow empezaba a perder los nervios.
Entonces, Evan perdió la cabeza, y en un arrebato de ira arremetió contra Crow. Desenvainó la espada dispuesto a atravesarle de lado a lado. Jamás se habían enfrentado el uno al otro, pero ambos sabían que el otro era ágil con la espada. Crow se zafó del abrazo opresor de Evan e intentó calmarle, evitar la lucha.
-Evan, tranquilízate, puedo explicártelo… Si me dejas…
Pero Evan no escuchaba, estaba ciego con la ira. Se abalanzó sobre Crow con la espada en alto dispuesto a asestarle un solo golpe, certero, a fin de acabar con la vida de aquel traidor. Pero Crow sacó su espada de filo oscuro, de aquel material extraño que había sido examinado por todos aquellos que tuvieron ocasión y que no había sido identificado como familiar, con esa empuñadura tallada al más puro arte gótico, con toques en carmesí y una inscripción a lo largo de la hoja, también de color carmesí brillante: “Cibus sanguis meus”, del latín, cuyo significado era “La sangre es mi alimento”. Esquivó el golpe de Evan y le asestó con gracia en el hombro, mas claramente su intención no era herirle, pues lo hizo con la empuñadura. Aturdido sería más fácil convencerle de escuchar. Pero Evan se levantó, y decidió no dejarse llevar por la furia, mantener la mente fría y meditar sus movimientos. Eso lo había aprendido de Crow, sin duda. Así que se aproximó con más cautela que la primera vez y sus espadas comenzaron a chocar la una con la otra. Más que una lucha, aquello parecía una danza: se movían con gracilidad, y tanto la capa de Crow como la inmaculada camisa blanca de Evan se movían al compás de aquel baile, dándole más belleza a aquello que, a pesar de ser un enfrentamiento, habría parecido un espectáculo de no ser porque no había ningún espectador.
Trepaban por las rocas, se subían a los mesados, se abrían camino a patadas con todo aquello que les rodeaba… Pero nunca abandonaban aquella lucha. Hasta que, de repente, Evan cambió la espada de mano. No pudo evitar sonreír cínicamente, ahora era ligeramente superior que Crow. O no… Porque sin más, Crow también cambió la espada de mano con gracilidad y la empuñó aún con más firmeza que con la mano con la que la había sujetado hasta ahora. Evan permaneció atónito. En el fondo, Crow se lo estaba poniendo ya bastante fácil. No estaba haciendo uso de su magia, ni tampoco invadía su mente para adivinar los movimientos que realizaría a continuación. Se estaba divirtiendo con lo que hacía, para Crow sólo era un juego. Eso enfadó aún más a Evan, y la ira volvió a invadirle. Se abalanzó sobre Crow empuñando su espada con las dos manos, desde arriba, y Crow harto de marear a Evan abandonó la pelea, se detuvo, levantó el brazo y cuando Evan pisó de nuevo el suelo quedó paralizado por una fuerza invisible que salía de la mano de Crow.
-Ahora vas a escucharme atentamente, si no quieres permanecer en esta posición hasta que mueras de sed o bien un depredador se apiade de tu agonía y decida asesinarte rápido y con mucho menos dolor. Ahora, te soltaré, y si vuelves a atacarme ten por seguro que no dudaré en destruir cada miembro de tu cuerpo frágil y mortal, ¿entendido?
De pronto, Evan respiró profundamente y abandonó la posición de defensa. Se preparó para escuchar lo que Crow tenía que decir, pero este último mostraba inseguridad, balbuceaba, pensaba mucho lo que decir.
-Tal vez la mejor manera de explicar lo ocurrido no sea con palabras.- y acto seguido, Crow se quitó la capucha, se llevó la mano a la garganta y sacó de ella una etérea bola de luz. El rostro de Evan era indescriptible, reflejaba su sorpresa en cada milímetro de sus facciones angulosas y perfectas. No supo qué decir, y lo único que su cerebro le permitió articular fue: “Tú…”.