10.20.2010

Mi regalo de cumpleaños.

Todos los días iba a visitarle. Desde aquel veintiséis de Febrero, no había faltado ni un sólo día a mi cita con papá. Llevaba más de dos años en coma, soportando inmutable las pruebas de los médicos, que aseguraban que aún había una pequeña posibilidad de recuperar la vida de mi padre, pero que, por razones desconocidas, no hallaban.

Pero el tiempo pasaba, y mamá estaba cada día más encerrada en su prisión de desolación, de tristeza y de soledad. Se aislaba del mundo, no quería hablar conmigo. Encendía la televisión y veía los programas del corazón que tanto le molestaban a papá, pero realmente no los veía, simplemente matenía la mirada fija en la pantalla mientras pensaba en sus cosas. Cada día la sentía más dependiente de mi. La despidieron de su trabajo porque un día, cuando tenía que haber llevado unos papeles, no estaba ni en su escritorio ni en los pasillos. La buscaron durante horas y finalmente la encontraron en un retrete, de pié, frente al inodoro, con la puerta entreabierta y los papeles completamente empapados en la taza del WC. Sólo dijo que tenía que contar las baldosas del baño.

Cada día estaba más claro que mi madre llegaría a un punto en que dependería íntegramente de mi, y yo tendría que cargar con todo el peso de la familia. Afortunadamente, yo era hija única. Pero eso también era un inconveniente, pues estaba claro que para cuidar de mi madre debería dedicarme exclusivamente a ella, sin poder ejercer mis estudios, tal como quería. Yo tan solo tenía diecisiete años.

Así que empecé a agobiarme, y cada visita que hice a mi padre después de entonces fue para pedirle siempre lo mismo. No me daba cuenta de que estaba siendo egoísta. El caso es que siempre le decía:

-Por favor, papá. Vuelve conmigo, te necesito. No puedo con mamá, se me escapa todo de las manos. Echo de menos cuando veíamos dos o tres películas los sábados y nos hartábamos a golosinas. Y cuando íbamos los domingos por la mañana a conducir, y tú siempre sabías mantener la calma cuando se me escapaba el volante, o aceleraba cuando tenía que frenar. Necesito que vuelvas a mi lado. No soporto la vida sin ti. Se me viene todo encima, y mamá cada día se vuelve más cerrada conmigo. Te necesito aquí, necesito que vuelvas y no te vayas más...

Pero no había respuesta. Las enfermeras empezaron a sentir pena por mi. Iba todos los días a decirle lo harta que estaba de que mamá hiciera locuras en casa, como poner los tapones en los lavamanos y dejar que se derramara el agua por el suelo, o romper los cojines de plumón que teníamos en los sofás para pasarse horas y horas soplando las plumas. Hasta que un día, ocurrió lo que tanto intentaba evitar.

El doctor se me acercó, y me dijo que las pruebas estaban resultando demasiado costosas, no podía hacerle más. Yo le contesté que no había ningún problema, que no le hicieran más pruebas, pero que no quería perder la esperanza de que despertara. Pero el doctor me dijo que le habían realizado todas las pruebas conocidas y no había dado señal existente de vida, así que estaban gastando dinero y ocupando un importante espacio en el hospital. Me dieron un plazo de dos días, y me dijeron que podría estar allí si quería cuando desconectaran las máquinas que le hacían funcionar.

A la mañana siguiente me levanté, me lavé la cara y fui a mirar si mi madre había hecho ya un desastre. A diferencia de la mayoría de las noches, mi madre había estado tranquila, viendo la teletienda, y se había quedado dormida en el sofá. La arropé, me vestí y fui al supermercado. Allí compré un par de bizcochitos y un refresco, y luego volví a casa. Preparé la comida, y después de comer saqué los bizcochos y le di uno a mi madre. Le pregunté "¿no me felicitas? Recuerda mamá, hoy es mi cumpleaños. Dieciocho". No contestó, sólo abrió el envoltorio y se comió el dulce.

No fui al hospital aquel día. Tampoco celebré mi cumpleaños. Me pasé el día pensando en cada momento que había vivido con mi padre. Cogí el álbum de fotos y empecé a hojear las páginas. Recordé mi cuarto cumpleaños, cuando mi madre estaba empeñada en sacarnos una foto bonita a los dos, y yo odiaba las fotos, nunca me estaba quieta. Y de repente, papá me cogió en brazos y me hizo una mueca. En la foto salimos los dos riéndonos a carcajadas. No me había dado cuenta de que mamá había entrado en la habitación, sólo vi su mano recorrer toda la página y pararse en esa foto. Mantuvo su dedo índice sobre el rostro de mi padre, y una lágrima suya cayó sobre mi hombro. Era el primer signo de vida que daba desde hacía ya mucho tiempo.

No dormí aquella noche, pensando que mi padre sería en cierto modo asesinado a las nueve de la mañana del trece de Octubre. No me levanté de la cama hasta pasadas las ocho, y entonces, sin más, decidí ir al hospital. En principio me había negado a ir, no quería ver así a mi padre, pero tenía que hacer algo.

Fui corriendo hasta su habitación, y las enfermeras me persiguieron por los pasillos, conscientes de lo que pasaría a las nueve. Me senté a su lado. El doctor estaba de pié, al lado de la cama, esperando a que me despidiera, y las enfermeras estaban ocupando todas las paredes de la habitación con rostros melancólicos. Habían terminado por cogernos cariño, después de todo.

-Papá -le dije-, estoy aquí. Sólo quería decirte que lo siento. He venido aquí para quejarme, cuando eres tú quien no ha podido disfrutar de la vida, de caminar, de respirar aire fresco. No te preocupes por nosotras, te prometo que cuidaré de mamá. Saldremos adelante, papá. Siéntete orgulloso, porque no te culpo. Gracias por educarme, porque con todo lo que me has enseñado, aprenderé a vivir. Nunca olvidaré nada, papá.

Abrí mi bolso y saqué de dentro la fotografía de mi cuarto cumpleaños y la puse bajo sus manos. Las enfermeras empezaron a sollozar, y el médico procedió a desconectar con un cierto ápice de amargura una a una las máquinas que habían mantenido con vida a mi padre durante casi tres años.

Pero ocurrió algo. El pitido constante que debería seguir a la desconexión de las máquinas, el cual confirmaría que el corazón había dejado de latir, siguió emitiendo pitidos uniformes. El doctor, extrañado, comprobó todo de nuevo.

-Sigues siendo la niña que reía dulcemente en mis brazos con cuatro años, pequeña -dijo mi padre.

"¡Es un milagro!", gritaron las enfermeras. Lloraban como locas, rompían en aplausos y volvían a sollozar con alegría de nuevo. Pero yo solo tenía ánimos para una cosa. Abracé a mi padre y le dije "me prometiste que no faltarías, y no lo has hecho". "¿He llegado a tiempo para tu cumpleaños?", me preguntó. "Con un día de retraso", le contesté, "pero no hay mejor regalo que éste, papá". No me dejes nunca. Tú me haces fuerte.


Dedicada a mi padre, pues aunque no se lo demuestre, él me da fuerzas para seguir adelante.

Michelle Martínez. Visítame en tuenti.com ;)

10.07.2010

Aquellos años

-Niños, dejadme contaros una historia sobre el guerrero más valiente jamás conocido. Él era conocido como El Luchador. Era alto, con una corta melena rubia, de ojos verdes y con músculos fuertes. Era un hombre robusto, el más ancho de los hombres de la brigada que...
-¡Oh, no! Otra de tus historias, no, abuelo -dijo Kevin con cara de asco.
-Sí, abuelo, eso que nos cuentas son mentiras, nunca existió ningún "luchador". Si hubiera sido así, seguro que habrían hecho un videojuego sobre él -acotó Laura.

Mis nietos siempre eran así. Se levantaron y se fueron a jugar a un juego de supuesta guerra. Los que hubieran inventado semejante aberración no habrían salido de sus escritorios a la guerra ni aunque les pagaran por ello. Debe de ser porque soy anciano, pensé. ¿Cómo voy a entender yo que con un mando con miles de botones absurdos podrías matar a cientos de hombres sin levantarte del sofá?

Lo que yo viví sí que era una guerra en condiciones. Recuerdo cuando era joven, y las arrugas no surcaban mi cara. Yo era muy alto y fortachón. Las mozas me miraban con aquellos ojos pícaros, se volvían locas por mí. Me llamaban El Luchador. Recuerdo cuando nos fuimos de misión y me dispararon. Sentir el sabor a metal que deja el miedo cuando ves borbotar sangre de tus dos piernas y aún así pensar que eres la única salvación de tu batallón. Eso sí era una guerra. Arriesgabas tu vida, y tu grupo dependía siempre de ti, y tú a la vez de ellos.

Aquellos fueron tiempos difíciles para todos. A pesar de que nuestros soldados sobrepasaban en número a los del contrario, pasábamos noches sin dormir, pensando en qué decir, qué hacer si alguno de nosotros moría, o incluso si fallecíamos nosotros mismos. En época de guerra la gente pasaba hambre, pero la familia del soldado siempre era la que más perjudicada salía. El hombre era el que traía el dinero a casa. ¿Qué haría la mujer si su hombre muriera en el campo de batalla? Esa era la peor noticia que se le podía dar a una familia. A mí se me encomendó esa misión una vez. Prefería haber ido a un campo de exterminio y enfrentarme contra mil hombres con las manos atadas a la espalda antes que dar tan horrible noticia. Tanto la mujer como los hijos de mi compañero, de mi amigo, de mi hermano, lloraron desconsolados, sin más apoyo que el trozo de uniforme que sostenía yo entre las manos, intentando no recordar cómo se dispersaron sus miembros cuando la bomba estalló sobre él.

Eran los peores tiempos en los que nadie habría podido vivir. En la guerra no había días soleados, siempre se oscurecía el sol tras las nubes negras que reflejaban la mirada de la muerte, acechándonos a todos como un buitre a su presa, esperando el momento oportuno para aspirar nuestras almas y no dejarlas regresar.

Y, sin embargo, quién pudiera volver a aquellos tiempos. Los ancianos eran venerados, y su opinión era siempre la más importante. Ser viejo implicaba sabiduría e inteligencia, por eso el más anciano era siempre el más respetado. Cuando el abuelo hablaba, todos callaban. No como ahora, que vivimos todos encerrados como bebés en guarderías macabras que hacen llamar residencias para la tercera edad. Nos tratan a todos como locos, nadie nos escucha, y el concepto de anciano ha pasado de ser sabio a ser demente, senil y falto de razón alguna.

Sí, aquellos tiempos de guerra. Aquellos tiempos difíciles. Quién pudiera volver al pasado.

Visítame en tuenti.com ;)

Cáncer

Hola, me llamo Carlos y tengo cáncer de pulmón. Lo sé, soy conciso, pero es que es de eso precisamente de lo que quiero hablar. Yo soy asmático, por lo que desde que tengo uso de razón recuerdo que peleaba con mis padres para que dejaran de fumar, pero ellos no me hacían caso. Una vez casi consigo que abandonaran tan dichoso vicio. Sólo les dije: "Me dísteis la vida, pero ahora no la respetáis. Sólo yo tengo derecho a decidir con qué vicios me quiero asesinar". Me dio la impresión de que les había hecho reflexionar, pero a los pocos días volvían a encender sus cigarrillos en el salón, viendo la tele, a mi lado. Me decían: "Carlitos, es una droga, no podemos evitarlo". Seguro que sí podían, pero es lo que dicen, querer es poder, y ellos no querían.
El caso es que al final luchar tanto no sirvió para nada, yo terminé siendo un fumador y con cáncer de pulmón y ellos, a pesar de que siguen fumando, están más sanos que dos lechugas en época. Me parece un poco injusto, porque al fin y al cabo yo luché por que ellos dejaran de aspirar el aliento de la muerte, y soy yo quien está así. Seguro que es una especie de castigo divino, no debí esforzarme lo suficiente.
Antes mencioné que era fumador. Lo cierto es que lo soy, pero de una manera distinta a la que vosotros creéis. Se me olvidó decir algo en mi presentación, así que me corregiré: Hola, me llamo Carlos, tengo seis años, soy fumador pasivo y tengo cáncer de pulmón. Mañana me operan, pero he escuchado a los médicos decir que el cáncer se ha expandido, que lo han "pillado" demasiado tarde. Soy pequeño, pero nunca me he caracterizado por ser poco inteligente. Mañana, me moriré. Y mis padres, ahora mismo, están en la ventana de mi habitación, la 1004 de la segunda planta del hospital, fumando.

Visítame en tuenti.com ;)

10.06.2010

No recuerdo tu nombre

Me corroe tanto esta enfermedad que ya no recuerdo ni tan siquiera lo que sesayuné. No recuerdo mi nombre, mi país, mi casa ni mi familia. Y lo que más odio del castigo que Dios me envió en forma de un corrosivo Alzheimer es que he olvidado tu nombre. Y sin embargo, recuerdo que es el nombre más bello del mundo. Recuerdo aquella noche en la que te conocí, y recuerdo tu sonrisa y el brillo en tus ojos tras aquel primer beso. Recuerdo el sí quiero, y el rostro de júbilo vesida de blanco en una iglesia abarrotada de gente desconocida. Recuerdo tu expresión de tristeza cuando aquel tipo de bata blanca te dijo que pronto ya no te recordaría, y también recuerdo cada mañana posterior a aquel día en las que no podías esconder tu sonrisa de alivio cuando te decía al despertar "te amo más que aquel veintinueve de mayo, cuando te conocí". Y es que si hay algo que el alzheimer no se ha atrevido a arrebatarme ha sido a tí. Y no sabes lo mucho que me alegro de no recordar nada más, pues mientras muera y la vida corra ante mis ojos viviré otra vez contigo y, al final, sé que recordaré tu hermoso nombre, y lo pronunciaré con mi último suspiro para demostrar que no hay nada que me pueda hacer olvidarte.

Visítame en tuenti.com ;)

10.03.2010

Su nombre

Ella era nueva en clase. Aquel día, cuando la profesora nos la presentó, no pude evitar quedarme con la cara con la que se habría quedado un perro ante un hueso. Era de estatura normal, no demasiado alta, y tampoco demasiado delgada. Tenía unos mofletes rechonchos, los ojos pequeños, pero brillantes, risueños y expresivos, y una sonrisa tan dulce que cautivaría hasta a un ángel de piedra. La miraba con tanta admiración que no escuché su nombre cuando la profesora lo mencionó, pero me daba igual, eso no importaba.

Nada más entrar, nos miró a todos con vergüenza, pero fijó su mirada en mis ojos, y no pude evitarlo: mis mejillas se pusieron rojas, y mis orejas parecían saturadas de sangre. Ella sólo sonrió, bajó la mirada, y se sentó, sin parar de sonreír.

Y así transcurrían los días, yo la miraba con cara de idiota, hasta que ella se daba cuenta y, como aquel primer día, me sonrojaba. Seguía sin saber su nombre, y seguía sin importarme lo más mínimo.

Hasta que un día, por casualidad, entré en la biblioteca pública para tomar un libro de texto, y allí estaba ella, sentada en una mesa, sola, y tan hermosa como siempre. Mis piernas se movieron por mí y me llevaron hasta ella, me senté a su lado y le dije “Hola” con la voz entrecortada. Ella me miró, sonrió y se sonrojó. “Ya me iba”, me dijo, “Te veo mañana”. Y se levantó. Que voz tan agradable tenía. Era dulce, suave. No era ni ágil ni grácil como una bailarina de ballet. Más bien se movía con la intención de pasar lo más desapercibida posible. Probablemente no sabía lo guapa que era. Parecía no darse cuenta de que todos la miraban al pasar. Y entonces, se me encendió la bombilla:

-¡Espera! –dije levantándome- Aún no sé tu nombre.

Ella se giró, y caminando hacia atrás me dijo “¿Acaso importa?”. Me sonrió sin enseñar los dientes, y se fue.

Después de ese día en la biblioteca ella también me miraba de vez en cuando, y se sonrojaba tanto o más que yo. Lo nuestro no era el disimulo, pero ni a ella ni a mí parecía importarnos.

Fui a la biblioteca después de una semana a devolver el libro que había cogido el día que me la encontré. Miré hacia la mesa en la que se había sentado el otro día, pero no estaba allí. “Serían demasiadas coincidencias”, pensé.

Pero para mi asombro, cuando salí me la encontré de frente. Le dije un hola por compromiso, creyendo que no querría hablar por lo tímida que era, y sin embargo, cuando ya había pasado a mi lado, se dio la vuelta y me preguntó:

-¿Ya lo has leído?

-¿Cómo? – pregunté con asombro, dándome la vuelta.

-Es el libro que cogiste hace una semana, cuando nos encontramos.

-Me sorprende que te acuerdes.

-Tengo buena memoria. En fin, debo irme, tengo recados que hacer.

-Te acompaño a casa.

-No hace falta, no te preocupes.

-No era una pregunta.

Pareció quedar conforme con mi respuesta, porque no replicó lo más mínimo. Al contrario, me regaló una de sus mejores sonrisas, de esas que me llevaban a la perdición.

La acompañé a su casa, y cuando abrió la puerta me dijo “Adiós, y gracias”.

-Devuélveme el favor, al menos –le dije.

-¿Disculpa? –me dijo un tanto indignada.

-Dime tu nombre, por favor.

Ella no contestó. Se quedó callada, seria, sin decir nada, y de repente sonrió sin enseñar los dientes, pero no era su sonrisa tímida de siempre. Era pícara, provocadora. Se acercó a mi oído y me dijo “sólo te lo diré si me besas”. La sorpresa me invadió. No me esperaba eso. Y aún a pesar de mi sorpresa, me acerqué a ella, a sus labios perfectos dentro de su imperfección, y ella me miró a los ojos, entreabrió la boca, dejando al descubierto los dientes inferiores, algo que siempre me ha parecido de lo más atractivo en una mujer. Y la besé, cogiéndola con mi mano derecha por la cintura y con la izquierda por la barbilla. Sus labios eran suaves, esponjosos, y su aliento era dulce como la miel. Su lengua me acarició el labio inferior con una dulzura sublime, y perdí el sentido: sólo estaba ella.

-Tendrás que esforzarte más si quieres saber mi nombre.

Me agarró por la muñeca y tiró de mí hacia el interior de su casa. Cerró la puerta y no le dejé decir nada más. La abracé, besándola con pasión y sin dejarle margen a respirar. Tampoco yo lo hacía, sólo me importaban sus labios contra los míos. Le levanté la camisa poco a poco, sintiendo su piel, y su vello erizado cuando la rozaba. Subimos las escaleras librándonos mutuamente de la ropa, pues no la necesitaríamos. La tumbé sobre su cama y la besé, empezando por el cuello hasta bajar al ombligo, acariciándola mientras ella me tocaba la espalda. Luego subí nuevamente, y mientras acariciaba sus pechos grandes y simétricos la besé entre ellos, captando cada halo de su olor, suave y dulce. Me agarró por la mandíbula y me besó, y yo mientras acaricié su vulva humedecida.

Y así nos amamos durante horas. Ella sudaba, con sus cabellos morenos y ondulados sueltos. Era hermosa, atractiva. Era la mujer de mis sueños.

Después de horas de pasión, en las cuales saltaron chispas del amor que había surgido, ella se recostó sobre mi pecho, mientras yo la abrazaba por los hombros. Y sin más me acordé:

-Aún no me has dicho tu nombre.

-Me llamo Julia. ¿Y tú?

-Yo me llamo María.

-Encantada, María. Por cierto, te quiero.

-Y yo a ti, pequeña.

Julia. Ese era el nombre de la mujer de mi vida.

Por Michelle Martínez. Visítame en tuenti.com ;)