10.03.2010

Su nombre

Ella era nueva en clase. Aquel día, cuando la profesora nos la presentó, no pude evitar quedarme con la cara con la que se habría quedado un perro ante un hueso. Era de estatura normal, no demasiado alta, y tampoco demasiado delgada. Tenía unos mofletes rechonchos, los ojos pequeños, pero brillantes, risueños y expresivos, y una sonrisa tan dulce que cautivaría hasta a un ángel de piedra. La miraba con tanta admiración que no escuché su nombre cuando la profesora lo mencionó, pero me daba igual, eso no importaba.

Nada más entrar, nos miró a todos con vergüenza, pero fijó su mirada en mis ojos, y no pude evitarlo: mis mejillas se pusieron rojas, y mis orejas parecían saturadas de sangre. Ella sólo sonrió, bajó la mirada, y se sentó, sin parar de sonreír.

Y así transcurrían los días, yo la miraba con cara de idiota, hasta que ella se daba cuenta y, como aquel primer día, me sonrojaba. Seguía sin saber su nombre, y seguía sin importarme lo más mínimo.

Hasta que un día, por casualidad, entré en la biblioteca pública para tomar un libro de texto, y allí estaba ella, sentada en una mesa, sola, y tan hermosa como siempre. Mis piernas se movieron por mí y me llevaron hasta ella, me senté a su lado y le dije “Hola” con la voz entrecortada. Ella me miró, sonrió y se sonrojó. “Ya me iba”, me dijo, “Te veo mañana”. Y se levantó. Que voz tan agradable tenía. Era dulce, suave. No era ni ágil ni grácil como una bailarina de ballet. Más bien se movía con la intención de pasar lo más desapercibida posible. Probablemente no sabía lo guapa que era. Parecía no darse cuenta de que todos la miraban al pasar. Y entonces, se me encendió la bombilla:

-¡Espera! –dije levantándome- Aún no sé tu nombre.

Ella se giró, y caminando hacia atrás me dijo “¿Acaso importa?”. Me sonrió sin enseñar los dientes, y se fue.

Después de ese día en la biblioteca ella también me miraba de vez en cuando, y se sonrojaba tanto o más que yo. Lo nuestro no era el disimulo, pero ni a ella ni a mí parecía importarnos.

Fui a la biblioteca después de una semana a devolver el libro que había cogido el día que me la encontré. Miré hacia la mesa en la que se había sentado el otro día, pero no estaba allí. “Serían demasiadas coincidencias”, pensé.

Pero para mi asombro, cuando salí me la encontré de frente. Le dije un hola por compromiso, creyendo que no querría hablar por lo tímida que era, y sin embargo, cuando ya había pasado a mi lado, se dio la vuelta y me preguntó:

-¿Ya lo has leído?

-¿Cómo? – pregunté con asombro, dándome la vuelta.

-Es el libro que cogiste hace una semana, cuando nos encontramos.

-Me sorprende que te acuerdes.

-Tengo buena memoria. En fin, debo irme, tengo recados que hacer.

-Te acompaño a casa.

-No hace falta, no te preocupes.

-No era una pregunta.

Pareció quedar conforme con mi respuesta, porque no replicó lo más mínimo. Al contrario, me regaló una de sus mejores sonrisas, de esas que me llevaban a la perdición.

La acompañé a su casa, y cuando abrió la puerta me dijo “Adiós, y gracias”.

-Devuélveme el favor, al menos –le dije.

-¿Disculpa? –me dijo un tanto indignada.

-Dime tu nombre, por favor.

Ella no contestó. Se quedó callada, seria, sin decir nada, y de repente sonrió sin enseñar los dientes, pero no era su sonrisa tímida de siempre. Era pícara, provocadora. Se acercó a mi oído y me dijo “sólo te lo diré si me besas”. La sorpresa me invadió. No me esperaba eso. Y aún a pesar de mi sorpresa, me acerqué a ella, a sus labios perfectos dentro de su imperfección, y ella me miró a los ojos, entreabrió la boca, dejando al descubierto los dientes inferiores, algo que siempre me ha parecido de lo más atractivo en una mujer. Y la besé, cogiéndola con mi mano derecha por la cintura y con la izquierda por la barbilla. Sus labios eran suaves, esponjosos, y su aliento era dulce como la miel. Su lengua me acarició el labio inferior con una dulzura sublime, y perdí el sentido: sólo estaba ella.

-Tendrás que esforzarte más si quieres saber mi nombre.

Me agarró por la muñeca y tiró de mí hacia el interior de su casa. Cerró la puerta y no le dejé decir nada más. La abracé, besándola con pasión y sin dejarle margen a respirar. Tampoco yo lo hacía, sólo me importaban sus labios contra los míos. Le levanté la camisa poco a poco, sintiendo su piel, y su vello erizado cuando la rozaba. Subimos las escaleras librándonos mutuamente de la ropa, pues no la necesitaríamos. La tumbé sobre su cama y la besé, empezando por el cuello hasta bajar al ombligo, acariciándola mientras ella me tocaba la espalda. Luego subí nuevamente, y mientras acariciaba sus pechos grandes y simétricos la besé entre ellos, captando cada halo de su olor, suave y dulce. Me agarró por la mandíbula y me besó, y yo mientras acaricié su vulva humedecida.

Y así nos amamos durante horas. Ella sudaba, con sus cabellos morenos y ondulados sueltos. Era hermosa, atractiva. Era la mujer de mis sueños.

Después de horas de pasión, en las cuales saltaron chispas del amor que había surgido, ella se recostó sobre mi pecho, mientras yo la abrazaba por los hombros. Y sin más me acordé:

-Aún no me has dicho tu nombre.

-Me llamo Julia. ¿Y tú?

-Yo me llamo María.

-Encantada, María. Por cierto, te quiero.

-Y yo a ti, pequeña.

Julia. Ese era el nombre de la mujer de mi vida.

Por Michelle Martínez. Visítame en tuenti.com ;)

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