En un mundo donde los dragones surcaban los cielos y los jóvenes elfos aprendían el arte de la forja de metales preciosos, la copa de vino del Rey cayó al suelo, seguida por su cuerpo, ahora sin vida, que se desplomó con un ruido sordo. El caos se desató a lo largo del comedor: las doncellas corrían, gritando y chillando, chocándose con los bufones que hacían reír al Rey momentos antes de la tragedia. La voz corrió deprisa, y minutos más tarde toda la ciudadela gritaba “EL REY HA CAÍDO”.
El Rey Aldor, amado y venerado por todos los habitantes de aquella tierra, Trebunia, era ya anciano, pero gozaba de buena salud, y a menudo disfrutaba de largas carreras junto a sus fieles, pues él nunca se alejó de ellos. Aldor había sido elegido por todos para reinar, y él nunca olvidaría que había nacido como un joven dispuesto a luchar por todo aquello que mereciera que su sangre fuera derramada. Se desposó con la mujer más fría vista por aquellos lares, Constance, que al convertirse en reina fue la dama más amable y preocupada por su pueblo que podría haber existido. Murió tras dar a luz a una pequeña, la joven Melinda, que ahora tenía apenas diecisiete años, la cual siguiendo la voluntad de su padre debía gobernar ahora, ya fuera en solitario o con ayuda de aquel que consiguiera conquistar su corazón. Cuánto le dolería a la pequeña Melinda saber que su padre había fallecido. El ama de llaves, la señora Darion, sería quien le diría que ahora ella tendría que cargar con el peso de toda Trebunia. Fue a buscarla, pero en su lugar encontró una habitación revuelta y vacía, en cuya cama se encontraba una nota clavada con un abrecartas en la almohada de plumón sobre la que algún día había descansado la cabeza de la princesa. “Olvidad a Melinda, pues yo mismo me encargaré de que no sobreviva a esta noche. Estás sólo, pueblo de Trebunia.”
Magos, elfos y enanos buscaron por todos los recovecos del bosque, y a la mañana siguiente encontraron en un charco de sangre seca los trozos de lo que en su momento había sido el camisón de Melinda, ahora desgarrado por unas enormes zarpas. Y así comenzó la búsqueda de aquella bestia horrible, aquella cosa que había asesinado sin piedad a Melinda. Algunos aseguraban haber visto salir de los aposentos de la princesa a una bestia de grandes alas planeando hacia el bosque, un ser desconocido, del que nunca nadie oyó hablar.
Tras años de búsqueda, se dieron por vencidos. Los árboles dijeron a los elfos que no habían visto nada, y los enanos recorrieron hasta el último centímetro de tierra existente en Trebunia, pero no había rastro de aquel monstruo de garras descomunales. Hordon, ansioso de poder tras ser durante décadas el consejero del difunto Rey Aldor, y posteriormente su asesino, ya que se descubrió que había sido él quien le había envenenado, aunque todo aquel que nombrara tal hecho sería cruelmente castigado, porque éste se proclamó rey de Trebunia, dando paso a la decadencia de todo aquello que él administrara. Lo único que buscaba era más dinero y poder. Comenzó a cobrar altísimos impuestos, esclavizar a los humildes campesinos y hacerse con todas las herrerías de elfos y enanos para su exclusivo uso, privando a los demás habitantes de armas con las que poder defenderse ante el peligro. Ante el miedo a una revolución, Hordon prohibió toda aquella reunión a la que él no asistiera, y aquellos que hicieran fiestas o reuniones clandestinas serían encerrados en los calabozos del castillo, los cuales no habían sido utilizados durante todo el reinado de Aldor.
Lo que Hordon no sabía era que bajando por unos pasadizos construidos por los enanos se llegaba hasta un inmenso salón hecho enteramente de roca, equipado con armas relucientes y listas para el ataque, con antorchas encendidas día y noche, en el que elfos, magos, enanos y humanos se reunían para organizar una gran batalla, la cual sólo acabaría con el derramamiento de toda la sangre de Hordon.
-No deberíamos atacar hasta que no pase un tiempo, tenemos que esperar a que los rebeldes seamos fuertes, aún no estamos preparados. Deberíamos reclutar a más elfos y que forjen más espadas. Además, aún no estamos lo suficientemente entrenados, necesitamos seguir aprendiendo, o no sabremos manejar la espada. Os recuerdo que la mayoría somos unos críos que no superamos los veinticinco, y muchos no han tocado la empuñadura de una espada en su vida. Los elfos nos ayudarán, pero dicen que aún no estamos listos para atacar.
-¿Se puede saber quién te ha proclamado líder, Evan? –Roger, como siempre, tan repugnante. Era un cincuentón, pero dominaba bien la espada, y había luchado en numerosas guerras al otro lado de los mares, que habían curtido su cuerpo, pero también su alma y su sabiduría. No había quien le rechistara.
-No me he proclamado líder, Roger, sólo he dado una opinión –contestó Evan.
-Lo cierto es que esta vez debo posicionarme a favor de Evan. Los magos también estamos aún poco preparados. Desde que Hordon nos arrebató todos los libros de conjuros, estamos oxidados, necesitamos tiempo para entrenar y además para recordar los viejos trucos. Hace ya seis años que no poseemos ningún libro de magia, Roger, necesitamos tiempo. Hordon posee todo lo que nosotros teníamos, por lo que tiene ventaja, podría adelantarse a nuestros movimientos, que hasta ahora son pocos.
-Está bien –refunfuñó Roger. Al fin y al cabo, no era tan malo después de todo -. Pero no consentiré demasiado, no puedo resistir esta situación durante mucho más tiempo, y el resto de Trebunia tampoco.
Tras aquella conversación, volvieron a la sala contigua, de mismo tamaño, en la que el suelo era de arena dura y prensada. Allí los jóvenes entrenaban el arte de la espada, mientras en la parte más alejada a los grandes portones se encontraban elfos y enanos, algunos forjando espadas y escudos y otros supervisando y mofándose de la pésima forma de luchar de otros. Evan desenvainó la espada y se enfrentó a Juren, un joven con muchas ganas de luchar, de aprender y de ser útil. Sus padres se encontraban en el calabozo oscuro del castillo, y él había jurado sacarles de allí, fuese como fuese. Evan era diestro con la espada, era ágil e incluso tenía el descaro de cambiarla de mano con el fin de pillar por sorpresa al contrincante, de modo que éste tuviera que cambiar también de mano para no sentirse desprotegido pero perdiendo destreza y agilidad. Ese era el gran truco de Evan. Le encantaba ver como sus oponentes quedaban atónitos cuando mostraba habilidad con ambas manos. Derrotó a Juren fácilmente, y le felicitó por su mejora.
-Bien hecho, Juren, has mejorado mucho.
-Gracias, Evan. Algún día conseguiré arrebatarte la espada de las manos –dijo con una amplia sonrisa llena de esperanza.
-Eso es lo que espero de ti, Juren.
Evan continuó observando, contento de que sus hombres hubieran progresado, cuando un ruido ensordecedor llenó la habitación, e incluso acalló el fuerte martilleo de las forjas. Los portones se abrieron de par en par, y una figura estrecha y no demasiado alta, pero que caminaba con gracia, cruzó la estancia a paso ligero y largo, casi como si se deslizara sobre el aire, y se detuvo frente a Evan. La figura lucía una capa larga y negra, sin rastros de suciedad, inmaculada y sin arrugas, con una capucha ancha que le cubría todo el rostro, dejando invisibles todas sus facciones.
-Deseo formar parte del grupo de los rebeldes. Puedo ser de gran utilidad –dijo el encapuchado, con voz profunda.
Acto seguido el misterioso caballero fue rodeado por más de diez de los hombres de Evan, dispuestos a rebanarle el cuello en cuanto éste diera la orden.
-Deteneos –ordenó Evan, sereno-. Descubre tu rostro, caballero, para que podamos confiar en que no sois un hombre de Hordon, que sois tan rebelde como nosotros.
-Siento deciros que no revelaré mi rostro ni aunque el mismísimo difunto Aldor se presentara ante mí y así me lo exigiera. Además, debo deciros a todos que el hecho de tratarme como a un caballero y nombrarme como sir es un error, puesto que no soy más que un humilde guerrero que busca la justicia y la paz de Trebunia.
-Me apena no poder aceptarte en nuestro clan, guerrero, pero no podemos fiarnos de alguien a quien no podemos ver.
-¿Acaso no os fiais de Dios? –dijo el encapuchado, cuya voz sonaba tan cínica que todos pudieron imaginar el gesto de mofa con el que se dirigió a todos ellos.
-¿Nos tomas por herejes? ¡Maldito bastardo! Tienes la deshonra de presentarte ante los rebeldes e insultarnos. –rechistó enseguida Roger.
-No os acuso de nada, simplemente digo que nunca le habéis visto, a no ser que hayáis vivido una experiencia divina, cosa que por vuestros rostros masacrados por la sangre, las guerras y los baños de sangre, me permito el lujo de dudar, y sin embargo tenéis fe ciega en él.
-¿Qué intentas, guerrero? –preguntó Evan, curioso.
-Intento demostraros que a pesar de que nunca le habéis visto, rezáis por que os ayude, tenéis fe. En cambio a mí sí me veis, lo único que no os desvelo es mi rostro. ¿Por qué confiáis toda vuestra suerte a alguien desconocido y no a alguien físico como yo?
-¿Y cómo pretendes que confiemos en que puedes sernos útil?
-Ponedme a prueba, todos y cada uno de vosotros, incluidos magos, elfos y enanos. Si no supero la prueba, estaré encantado de marcharme para no volver.
-Ten por seguro que eso será lo que harás, estúpido egocéntrico –dijo Roger.
Y así, mientras el encapuchado se mantuvo en su sitio, con la espalda recta y sin mover un solo músculo, los hombres de Evan se disiparon para que, uno a uno, se enfrentaran a aquel extraño. Se adelantó el primero, blandiendo su espada en el aire. Cuando la espada estaba a escasos centímetros del cuello de la capucha, el encapuchado se agachó levemente, le agarró de la cintura y, sin el menor esfuerzo, le hizo dar una pirueta en el aire antes de caer estruendosamente contra el suelo. Pasó lo mismo con el resto de los guerreros humanos, así que los enanos se dispusieron a atacar. Los enanos se caracterizaban por su brutalidad en la batalla. Con sólo chocar contra un hombre, podían romperle varios huesos. Eran pequeños, pero increíblemente fuertes, y diestros con sus escudos y mazas. En cambio, al encapuchado ni le rozaron, se movía con gran agilidad, con destreza, casi como un bailarín. Procedieron los elfos, de gran agilidad. Los elfos eran pacíficos, pero poseer guerreros elfos en un ejército implicaba una batalla prácticamente ganada. Eran ágiles, rápidos, diestros y, además, tenían la capacidad de adentrarse en la mente de su adversario, por lo que podían adelantarse a sus movimientos. Pero cuando el primer elfo se encaró con el encapuchado, no pudo disimular su asombro. Se quedó atónito, perplejo, e inmóvil.
-¿Qué ocurre, Danen? –preguntó Evan. Danen era algo así como el líder de los Elfos, se encargaba de dirigir los entrenamientos, las forjas y la distribución de las tareas en el recinto en el que residían los rebeldes, y la expresión que albergaba su rostro no le gustaba nada. Ocurría algo malo, Danen era demasiado frío como para mostrar su perplejidad, y esta vez lo había hecho.
-Es absolutamente impenetrable, nunca en mis ciento setenta y dos años me había encontrado con algo semejante. Muestra resistencia, y lo consigue.
Danen cambió la expresión, aceptó el reto de no conocer los movimientos que emprendería su adversario y se impulsó para atacar. Se acercó con una rapidez tal, que apenas se le podía ver. Roger lució una amplia sonrisa, estaba seguro de que Danen le rebanaría el cuello en menos que un gallo cantara.
Danen pasó al lado del encapuchado, y éste no se inmutó, no movió ni un músculo. Permaneció absolutamente inmóvil, y Danen dibujó una sonrisa en su rostro de facciones perfectas. En cambio, el encapuchado no se desplomó, ni se quejó de dolor, ni se agarró ninguna parte del cuerpo en señal de dolor. Soltó una breve y baja risotada, y todos quedaron atónitos. De repente, como si hubiera esperado a que el encapuchado riera, la larga trenza de Danen se desplomó contra el suelo, cortada en tres pedazos simétricos.
-La próxima vez protege tu cuello, Elfo, me ha costado esquivarlo para cortarte el cabello.
Cinco magos, juntos, decidieron acabar con la altanería del encapuchado, enfrentándose a él a la vez. Lanzaron un hechizo de energía, el cual utilizaban con asiduidad para romper objetos pesados como rocas, metales o, en este caso, un cuerpo humano. Si un solo mago podía reducir piedras inmensas con ese hechizo, con cinco magos formulándolo a la vez, el encapuchado no tenía ninguna posibilidad. Una luz azul envolvió la estancia, y cuando se disipó, todo era polvo. Los magos sonrieron victoriosos, se dieron la vuelta y prosiguieron a seguir con sus labores. Sin más, una llamarada les rodeó. La gran bola de fuego podría haberles matado, pero sólo les rodeó y se disipó, seguida de un gran remolino de viento. Ahí estaba el encapuchado, con su capa ondeando, y con su cara cubierta.
-¿Y bien? ¿Seguís sin creer que puedo ayudaros a ganar esta batalla?
Haaaaay me encantaa!! :D
ResponderEliminarCuando me lo contaste, no pensé que sería
tan emocionante.
Vengaa,pon el segundo capítulo, que estoy intrigadaa *_*
Escribes con una habilidad asombrosa sistel (L)
Sube el capitulo siguiente, este lo leí varias veces y me gusta bastante. Quiero leer más sobre esto.
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