-Está bien, joven, participarás con nosotros, pero deberás acatar nuestras normas. Protegerás el secreto de nuestra organización con tu vida, y si es necesario morirás por su causa.
-Eso no será necesario -. Dijo el encapuchado.
Y así, todos juntos, decidieron comenzar a entrenar. Al encapuchado se le asignó una habitación en la cámara de los rebeldes, si es que a aquello se le podía llamar habitación, pues no era nada más que una concavidad en la inmensa roca que formaba la habitación principal, dotada de un pequeño catre blando con mantas tejidas por elfos, una gran bañera de madera con tallas claramente hechas por enanos y un sistema de agua corriente que, claramente, había sido producto del trabajo humano, debido a sus muchas imperfecciones. Además, había huecos en la piedra que habían sido hechos a mano para ser utilizados a modo de armarios. Mientras el encapuchado, al que decidieron llamar por el nombre de Crow, debido a su vestimenta parecida a la de los cuervos, negra, con brillos en la capa que parecía nueva, sin un rasguño ni una mota de polvo, colocaba sus escasos utensilios de batalla en los huecos de la roca, Evan entró en la habitación tratando de cogerlo con sorpresa, mas fue sin éxito, porque Crow pareció percatarse del compás al que iba su corazón, se giró con una gracilidad asombrosa y, sin siquiera agarrarle, paralizó al joven líder con tan solo acercársele hasta tal punto que Evan pudo ver el blanco de sus ojos, brillante, sin una sola imperfección, rodeando la oscuridad más inmensa que jamás había visto. Entonces, Crow respiró, y Evan pudo percibir un aliento dulzón, más dulce que la miel, pero para nada empalagoso y con un toque afrutado, al melocotón…
-¿Puedes olerlo? Es dulce, ¿verdad? Es el cebo del depredador, una máscara bella y agradable tras la cual espera la muerte. Si vuelves a intentar acercarte a mí por sorpresa, ten por seguro que mi aliento será lo último que olerás.
-Sólo he venido a advertirte de que algún día descubriré tu rostro, Crow, y ese día está por llegar.
-Algún día… Tal vez te lo desvele.
-Bueno, Crow, dejemos nuestras diferencias aparte. Cuéntame, ¿de dónde provienes?
-De tierras lejanas, a las que ningún hombre ha llegado.
-Entonces, me imagino que desconocerás el motivo de nuestra causa.
-Mi información es justa, Hordon asesinó a Aldor, el mejor rey que han conocido estas tierras, y esclaviza a nuestra población, creo que no hay nada más que deba saber al respecto.
-En realidad, sí que hay algo más. Sígueme.
Crow siguió a Evan a través de larguísimos pasillos iluminados por antorchas cuyo fuego parecía inagotable, hasta llegar a una estancia pequeña, en la cual había una gran losa de piedra cuadrada repleta de huecograbados. Ambos se acercaron a la losa, y Crow pudo observar la superficie. La imagen del cuerpo de una joven estaba grabada en relieve en la losa. Era una tumba. La joven estaba perfectamente detallada, cubierta por un camisón que, de no ser por el color rocoso, podría confundirse con tejido auténtico. Sus rasgos eran redondeados, su pelo ondulado, largo y desenfadado, enmarcaba su rostro otorgándole una perfección a su nariz pequeña y respingona, a sus ojos cerrados pero rasgados como los de un felino, a sus cejas arqueadas y espesas, a sus labios marcados y gruesos, a su expresión de paz eterna… Evan rompió el silencio, pero con timidez, habló en susurros y con la cabeza gacha:
-Melinda. El mejor regalo que este reino pudo recibir. La verdadera sucesora al trono, aquella a la que todos y cada uno de los habitantes de nuestra tierra amaban… Ella era la más bella, la más buena, la más honesta, la más… Simplemente, era ella, el amor de todos los caballeros.
-¿Está ella enterrada aquí? ¿No debería estar en el osario de Palacio?
-Oh, por supuesto que no está aquí. Un monstruo, algo que nunca se había visto por estos lares, se la llevó, y dejó tras de sí la sangre de este ángel. Aquí sólo yace su recuerdo, su espíritu, su esencia. Ese es mi verdadero cometido en esta batalla. Cuando Hordon caiga, el monstruo que se llevó consigo a Melinda probará el acero de mi espada. Espero que un guerrero hábil como tú llegue a poder verlo, Crow.
-Entonces… ¿Qué es lo que hay en la losa?
-Todo lo que quedó de ella. Sus ropas, sus pinturas, sus joyas… Todo está ahí dentro. Todo menos una cosa, la mitad de un medallón. Perteneció a su padre, Aldor. La otra mitad la poseía ella, y cuando murió, en su último aliento, me pidió que uniera a su medallón la parte que faltaba, me pidió que cuidase siempre de su hija, que la aconsejara en su reinado. Y yo llegué tarde, esa pequeña no tuvo la oportunidad de vivir ni de mostrar al mundo todo lo que podía hacer su corazón. Pero juro que la encontraré, encontraré la otra parte del medallón para que pueda descansar para siempre en esta losa.
Y así, con la cabeza gacha y el corazón triste, Evan salió de la estancia, dejando solo a Crow con sus pensamientos, observando aún el rostro de la joven, sin saber qué decir.
Hola esta súper bien :D
ResponderEliminar¿Para cuándo el tercer capitulo?
Un beso