Todos se encontraban alrededor de la mesa de reuniones, y Evan presidía la mesa, incorporado, hablando serenamente con el resto de los asistentes. Crow se encontraba a su derecha. Este último se había ganado el respeto y el afecto de los demás a lo largo de las semanas de entrenamiento. Había conseguido llevarse bien con enanos, elfos, magos y humanos, y había descubierto su faceta más dicharachera, presentando un humor fino cargado de ironías. En aquel preciso instante, decidían cuándo se realizaría la inspección al castillo. El fin de dicha expedición era determinar las horas de los cambios de turno de los soldados que hacían guardia en la muralla, y de intentar buscar algún acceso directo a la cámara real, para que el gran día de la revolución entraran dispuestos a asesinar sin piedad alguna a Hordon.
-Lo mejor es que vayamos los más aventajados, será más fácil que si llevamos a los magos con nosotros, ya que son sabios, pero ancianos, y no saben defenderse en batalla. Los enanos son buenos en campo abierto, pero debemos reconocer que no son sigilosos. Lo mejor es que sólo vayamos los elfos, Crow y yo – dictaminó Evan.
-¿Y cuándo partiremos, Evan? –preguntó Crow.
-Sin demora, mañana al alba, antes de que salga el sol debemos estar allí, así que id inmediatamente a descansar.
Sin rechistar, todos se levantaron de la gran mesa rectangular de madera maciza y se dirigieron a sus aposentos y a sus respectivos hogares. Cuando Crow se levantó, Evan puso una mano en su hombre, indicándole que se quedara y mantuviera una conversación con él.
-Crow, llevamos semanas conociéndote, y creo que es hora de que te conozcamos por completo. El hecho de que descubrieras por fin tu rostro ayudaría a los rebeldes a sentirse más seguros ante una posible traición. A pesar de haberte ganado su respeto y afecto, muchos temen a que nos traiciones, y el hecho de que te muestres les tranquilizará. ¿Qué puede ser tan horrible como para que desees ocultarlo de tal modo?
-Evan, lo siento, pero mi objetivo no es tranquilizar a las gentes que aquí residen, sino luchar por mi pueblo.
Acto seguido, Crow se dio la vuelta y comenzó a caminar con calma, se dirigió a la escalera central construida con barrotes de madera en forma circular en la cual había agujeros que daban a puentes de madera y cuerda, pendientes de la roca y de dicha escalera central, que daban a las concavidades en las que los rebeldes sin hogar residían. Crow se adentró en sus aposentos y una nube negra y espesa cubrió la entrada. Era un hechizo que realizaba cada noche. Tras un rato, esa nube se desvanecía y se le veía sentado sobre el catre, con las piernas cruzadas, meditando. Así se pasaba la noche, sin dormir, sólo meditaba. Una vez Evan intentó traspasar aquella nube, mas era dura como el acero y densa como la roca, pero pudo alcanzar a oír el ruido del agua. Se aseaba, y buscaba la intimidad, no como el resto de los hombres, a los que no les importaba mostrar su desnudez.
Esa noche Evan no pudo dormir, se dedicó a sentarse al lado del fuego, observándolo. Miró hacia arriba y vio como la nube negra se desvanecía, y tras el humo salió Crow, que decidido saltó directamente al suelo, sin utilizar el puente ni la escala, aún a pesar de que el suelo se encontraba a más de quince metros de altura. Traspasó el portón trasero y salió al negro bosque. Evan le siguió, pero cuando salió al exterior lo único que consiguió ver fue la capucha de Crow ondeando, hasta que se sumió entre los árboles. Cuando regresó, horas después, Evan le esperaba frente al fuego ahora consumido.
-¿Ha sido agradable tu paseo?
-¿Tienes alguna objeción ante mi insomnio, Evan?
-No, por supuesto, ninguno.
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