5.18.2011

Capítulo 4.

Con las sospechas hacia Crow por parte de Evan, lo más razonable era posponer la inspección del castillo. Los días pasaban, y Evan espiaba cada noche a Crow, intentando averiguar a dónde iba por las noches, pero Crow era demasiado rápido. Hasta que un día, en lugar de esperarle tras el portón trasero esperó tras el árbol en el que siempre le perdía de vista. Estuvo esperando, y después de unos minutos Crow pasó sigilosamente a su lado. Era rápido, y Evan no quería ser descubierto, así que sería imposible seguirle. Sería imposible, de no ser porque Evan fue más astuto y pidió a Marion, el mago que le ayudaba con sus problemas personales, una poción simple, que si era ingerida por Evan, éste podría ver el rastro de Crow, ya que la poción contenía un cabello de este último. No había sido fácil conseguirlo. Evan bebió, y acto seguido unas marcas en el suelo comenzaron a brotar de la tierra. Siguió las pisadas de Crow, y estas le llevaron al último sitio a donde esperaba: al castillo.


"Trabaja para Hordon, el muy miserable", pensó Evan. Siguió las huellas con sigilo, y se dio cuenta de que Crow había pasado por sitios poco transitados por los guardias. ¿Por qué evitaba a la guardia, si trabajaba para ella? Daba igual, la curiosidad invadía a Evan, y continuó siguiendo el rastro. Bajó escaleras, y más escaleras, hasta llegar al osario. Y allí estaba Crow, arrodillado frente a la tumba del Rey Aldor, silencioso. Puso la mano desnuda, sin guantes, sobre la fría roca que encerraba el cuerpo del difunto rey, y Evan pudo ver cómo se iluminaba con el contacto. Crow entró en una especie de trance, y tras unos segundos se separó, se puso el guante y se levantó. “Hasta mañana”, dijo. Cuando ya se había ido, Evan se acercó a la tumba a experimentar el fenómeno, mas no ocurrió absolutamente nada. Bajo sus pies pudo ver tierra mojada en algunos puntos. Crow había llorado. Esa devoción no era propia de un guerrero cualquiera. Ahí pasaba algo, y a Evan se le escapaba.


Volvió a la cueva y Crow estaba ya meditando en su estancia. Evan no se reprimió, entró en los aposentos de Crow sin guardar sigilo, y a voz en grito le dijo:


-¡Maldita sea, Crow! ¡¿Qué demonios hacías en el castillo?!


-Visitar la tumba de mi rey, ¿es ese un delito?


-Supiste cómo entrar al castillo sin ser visto, y esa información nos ha sido ocultada. Además, vi cosas… Cuando tocaste la piedra, ésta se iluminó. ¿Qué diantres era eso?


-Verás, Evan, simplemente recababa información. Tengo el “poder” de indagar en todas las mentes, incluso en aquellas que están sin vida. Cualquier cosa que Hordon haya podido decir, o hacer, y que haya llamado la atención de Aldor será un arma que podremos usar contra Hordon. Dado que decidiste atrasar nuestra operación, me he dedicado a indagar por mi cuenta hasta nueva orden.


-Y si es así, ¿qué has averiguado?


-He averiguado que Hordon planea algo, y asesinó a Aldor porque éste sabía más de la cuenta. Descubrió algo, algo horrible, y su mente lo bloqueó, o bien Hordon realizó algún hechizo, pues no soy capaz de ver qué es lo que descubrió. No sé qué oculta Hordon, pero es gordo, muy gordo.



-Mañana mismo entramos al castillo. Debemos averiguar qué ocurre sin demora.



A Evan pareció olvidársele que Crow no había resuelto todas sus dudas. Era responsable y se centró en su cometido, tendría tiempo para Crow luego.



A la mañana siguiente, partieron antes del amanecer y con paso decidido. Crow comentó que sólo había estado de noche en el castillo, pero que, si los turnos no variaban, los cambios de centinelas se producían cada dos horas, y dado que él solía entrar a las dos en punto, dedujo que la mejor hora para entrar serían las cuatro de la madrugada, cuando aún no hubiese sol, ya que para cuando saliesen del castillo el sol ya habría bañado la ciudadela y entonces podrían mezclarse entre la gente. Y así, Evan, Crow, Danen y Roger, el cual se había empeñado en acompañarles a pesar de no ser tan ágil, pero sí ser cauto e inteligente, emprendieron la ruta con sigilo y con temor a ser descubiertos. Crow caminaba al frente con paso decidido. Era increíble que fuese más grácil aún que Danen, que a pesar de ser muy joven había dedicado sus escasos ciento setenta y dos años a entrenar. Cuando Danen caminaba se sentía un susurro en el viento, que apenas parecía una brisa, mientras que caminar al lado de Crow implicaba absoluto silencio. Todos se sentían ruidosos a su lado. Su capa ondeaba, pero no se enganchaba a ninguna rama, ni se descolocaba. Era como si formase parte de él.



Llegaron al castillo y cruzaron la muralla con muchos apuros, pues a pesar de que Crow era ágil, iba al final ahora, ayudando a Roger a trepar la muralla por los recovecos más estrechos. Cuando al fin llegaron arriba, Crow decidió dividirse del grupo. Alegaba que sería más rápido que buscase él solo, ya que era infinitamente más rápido y sigiloso que los demás, mientras el resto del grupo se encargaba de vigilar las guardias y de asegurarse qué recorrido seguían los centinelas antes y después de su tiempo de vigilancia. Pasado un tiempo, Crow regresó muy rápidamente, frenético. Había ocurrido algo.



-¿Qué ocurre? –preguntó Evan inquieto.



-No hay tiempo, lo comunicaré a todos los rebeldes a la vez. Debemos irnos ya, es peor de lo que creía.



En lugar de bajar por el exterior de la muralla, esperaron al cambio de turno para poder disiparse entre la gente, tal y como habían planeado. De repente, un niño se acercó a Evan justo cuando accedieron a un callejón sin gente. Acababan de descender por la muralla, y daba la impresión de que ese niño les había visto.



-Mi señor, ¿seríais tan amable de darle unas monedas a este pobre miserable? –preguntó el niño dulcemente.



Evan era bondadoso, buscó en su saco unas monedas y se las tendió. Danen mostraba rostro de preocupación, y Crow se adelantó, poniéndose frente al pequeño y sirviendo de escudo a Evan.



-¿Estabais trepando la muralla? Venís de palacio, ¿no es así? Mas nunca os he visto por aquí… -el niño bajó la mirada y susurró – Traidores.



A diferencia de la reacción que la mayoría esperaban, chillidos de desesperación, el niño les miró, con sonrisa cínica, y rápido, con fuerza, trató de embestir a Crow. Éste, sin más miramientos, lo atravesó con su espada de acero negro, quedando este tintado con el rojo espeso de la sangre del muchacho, que se desplomó contra el suelo y, tras un momento, fue rodeado por un humo púrpura que le hizo desvanecerse.



-No hay tiempo para explicaciones. Es demasiado largo como para explicarlo aquí. Nos vamos. –Crow estaba decidido.



Cuando llegaron a la mesa de reuniones, los más importantes se sentaron y el resto permanecieron de pie alrededor, atentos ante las nuevas que traían. Crow se incorporó, y dijo con una voz muy profunda que denotaba horror:



-He visto cosas… Cosas horribles. No nos enfrentamos a nada común. No es un ejército como todos los que la gran mayoría hemos visto. Hordon ha sabido aprovechar nuestro punto más flaco.



-¿Y ese punto, cuál es? –preguntó Roger repleto de curiosidad.



-Querido Roger, no te das cuenta… Nuestras razas son bien distintas… Sí… Mas hay algo que nos caracteriza, que nos hace iguales… Sí… -Soth, el enano, estaba completamente loco. Pertenecía a los rebeldes porque a pesar de su escasez de cordura y de su espíritu pacifista, sabía ciertas cosas, veía algo que los demás no eran capaces de ver, y se había vuelto tan loco por esa razón. En otros tiempos había sido un gran guerrero, pero los espíritus de las víctimas inocentes a las que torturó y mató le persiguieron durante años hasta que pudieron arrebatarle todo el odio que quedaba en él, llevándose también un poco de su cordura.



-Silencio, Soth –dijo Roger tajante. Pero Crow esperó, sabía lo que Soth iba a decir, y dejó que tuviera su momento de protagonismo. A éste le brillaron los ojos, verdes como las esmeraldas, rodeados por algunas arrugas propias de la edad que le daban un aire de bondad.



-Es obvio. La compasión. –Soth había dicho lo que tenía que decir, así que se dio la vuelta y se fue, refunfuñando y soltando risotadas.



-¿La compasión? ¿Y cree que tendremos compasión con sus soldados? –dijo Evan.



-Como dije, no son soldados corrientes. Son engendros. Son… Niños.


5.15.2011

Capítulo 3.

Todos se encontraban alrededor de la mesa de reuniones, y Evan presidía la mesa, incorporado, hablando serenamente con el resto de los asistentes. Crow se encontraba a su derecha. Este último se había ganado el respeto y el afecto de los demás a lo largo de las semanas de entrenamiento. Había conseguido llevarse bien con enanos, elfos, magos y humanos, y había descubierto su faceta más dicharachera, presentando un humor fino cargado de ironías. En aquel preciso instante, decidían cuándo se realizaría la inspección al castillo. El fin de dicha expedición era determinar las horas de los cambios de turno de los soldados que hacían guardia en la muralla, y de intentar buscar algún acceso directo a la cámara real, para que el gran día de la revolución entraran dispuestos a asesinar sin piedad alguna a Hordon.


-Lo mejor es que vayamos los más aventajados, será más fácil que si llevamos a los magos con nosotros, ya que son sabios, pero ancianos, y no saben defenderse en batalla. Los enanos son buenos en campo abierto, pero debemos reconocer que no son sigilosos. Lo mejor es que sólo vayamos los elfos, Crow y yo – dictaminó Evan.


-¿Y cuándo partiremos, Evan? –preguntó Crow.


-Sin demora, mañana al alba, antes de que salga el sol debemos estar allí, así que id inmediatamente a descansar.


Sin rechistar, todos se levantaron de la gran mesa rectangular de madera maciza y se dirigieron a sus aposentos y a sus respectivos hogares. Cuando Crow se levantó, Evan puso una mano en su hombre, indicándole que se quedara y mantuviera una conversación con él.


-Crow, llevamos semanas conociéndote, y creo que es hora de que te conozcamos por completo. El hecho de que descubrieras por fin tu rostro ayudaría a los rebeldes a sentirse más seguros ante una posible traición. A pesar de haberte ganado su respeto y afecto, muchos temen a que nos traiciones, y el hecho de que te muestres les tranquilizará. ¿Qué puede ser tan horrible como para que desees ocultarlo de tal modo?


-Evan, lo siento, pero mi objetivo no es tranquilizar a las gentes que aquí residen, sino luchar por mi pueblo.


Acto seguido, Crow se dio la vuelta y comenzó a caminar con calma, se dirigió a la escalera central construida con barrotes de madera en forma circular en la cual había agujeros que daban a puentes de madera y cuerda, pendientes de la roca y de dicha escalera central, que daban a las concavidades en las que los rebeldes sin hogar residían. Crow se adentró en sus aposentos y una nube negra y espesa cubrió la entrada. Era un hechizo que realizaba cada noche. Tras un rato, esa nube se desvanecía y se le veía sentado sobre el catre, con las piernas cruzadas, meditando. Así se pasaba la noche, sin dormir, sólo meditaba. Una vez Evan intentó traspasar aquella nube, mas era dura como el acero y densa como la roca, pero pudo alcanzar a oír el ruido del agua. Se aseaba, y buscaba la intimidad, no como el resto de los hombres, a los que no les importaba mostrar su desnudez.


Esa noche Evan no pudo dormir, se dedicó a sentarse al lado del fuego, observándolo. Miró hacia arriba y vio como la nube negra se desvanecía, y tras el humo salió Crow, que decidido saltó directamente al suelo, sin utilizar el puente ni la escala, aún a pesar de que el suelo se encontraba a más de quince metros de altura. Traspasó el portón trasero y salió al negro bosque. Evan le siguió, pero cuando salió al exterior lo único que consiguió ver fue la capucha de Crow ondeando, hasta que se sumió entre los árboles. Cuando regresó, horas después, Evan le esperaba frente al fuego ahora consumido.


-¿Ha sido agradable tu paseo?


-¿Tienes alguna objeción ante mi insomnio, Evan?


-No, por supuesto, ninguno.

5.10.2011

Capítulo 2.

-Está bien, joven, participarás con nosotros, pero deberás acatar nuestras normas. Protegerás el secreto de nuestra organización con tu vida, y si es necesario morirás por su causa.


-Eso no será necesario -. Dijo el encapuchado.


Y así, todos juntos, decidieron comenzar a entrenar. Al encapuchado se le asignó una habitación en la cámara de los rebeldes, si es que a aquello se le podía llamar habitación, pues no era nada más que una concavidad en la inmensa roca que formaba la habitación principal, dotada de un pequeño catre blando con mantas tejidas por elfos, una gran bañera de madera con tallas claramente hechas por enanos y un sistema de agua corriente que, claramente, había sido producto del trabajo humano, debido a sus muchas imperfecciones. Además, había huecos en la piedra que habían sido hechos a mano para ser utilizados a modo de armarios. Mientras el encapuchado, al que decidieron llamar por el nombre de Crow, debido a su vestimenta parecida a la de los cuervos, negra, con brillos en la capa que parecía nueva, sin un rasguño ni una mota de polvo, colocaba sus escasos utensilios de batalla en los huecos de la roca, Evan entró en la habitación tratando de cogerlo con sorpresa, mas fue sin éxito, porque Crow pareció percatarse del compás al que iba su corazón, se giró con una gracilidad asombrosa y, sin siquiera agarrarle, paralizó al joven líder con tan solo acercársele hasta tal punto que Evan pudo ver el blanco de sus ojos, brillante, sin una sola imperfección, rodeando la oscuridad más inmensa que jamás había visto. Entonces, Crow respiró, y Evan pudo percibir un aliento dulzón, más dulce que la miel, pero para nada empalagoso y con un toque afrutado, al melocotón…


-¿Puedes olerlo? Es dulce, ¿verdad? Es el cebo del depredador, una máscara bella y agradable tras la cual espera la muerte. Si vuelves a intentar acercarte a mí por sorpresa, ten por seguro que mi aliento será lo último que olerás.


-Sólo he venido a advertirte de que algún día descubriré tu rostro, Crow, y ese día está por llegar.


-Algún día… Tal vez te lo desvele.


-Bueno, Crow, dejemos nuestras diferencias aparte. Cuéntame, ¿de dónde provienes?


-De tierras lejanas, a las que ningún hombre ha llegado.


-Entonces, me imagino que desconocerás el motivo de nuestra causa.


-Mi información es justa, Hordon asesinó a Aldor, el mejor rey que han conocido estas tierras, y esclaviza a nuestra población, creo que no hay nada más que deba saber al respecto.


-En realidad, sí que hay algo más. Sígueme.


Crow siguió a Evan a través de larguísimos pasillos iluminados por antorchas cuyo fuego parecía inagotable, hasta llegar a una estancia pequeña, en la cual había una gran losa de piedra cuadrada repleta de huecograbados. Ambos se acercaron a la losa, y Crow pudo observar la superficie. La imagen del cuerpo de una joven estaba grabada en relieve en la losa. Era una tumba. La joven estaba perfectamente detallada, cubierta por un camisón que, de no ser por el color rocoso, podría confundirse con tejido auténtico. Sus rasgos eran redondeados, su pelo ondulado, largo y desenfadado, enmarcaba su rostro otorgándole una perfección a su nariz pequeña y respingona, a sus ojos cerrados pero rasgados como los de un felino, a sus cejas arqueadas y espesas, a sus labios marcados y gruesos, a su expresión de paz eterna… Evan rompió el silencio, pero con timidez, habló en susurros y con la cabeza gacha:


-Melinda. El mejor regalo que este reino pudo recibir. La verdadera sucesora al trono, aquella a la que todos y cada uno de los habitantes de nuestra tierra amaban… Ella era la más bella, la más buena, la más honesta, la más… Simplemente, era ella, el amor de todos los caballeros.


-¿Está ella enterrada aquí? ¿No debería estar en el osario de Palacio?


-Oh, por supuesto que no está aquí. Un monstruo, algo que nunca se había visto por estos lares, se la llevó, y dejó tras de sí la sangre de este ángel. Aquí sólo yace su recuerdo, su espíritu, su esencia. Ese es mi verdadero cometido en esta batalla. Cuando Hordon caiga, el monstruo que se llevó consigo a Melinda probará el acero de mi espada. Espero que un guerrero hábil como tú llegue a poder verlo, Crow.


-Entonces… ¿Qué es lo que hay en la losa?


-Todo lo que quedó de ella. Sus ropas, sus pinturas, sus joyas… Todo está ahí dentro. Todo menos una cosa, la mitad de un medallón. Perteneció a su padre, Aldor. La otra mitad la poseía ella, y cuando murió, en su último aliento, me pidió que uniera a su medallón la parte que faltaba, me pidió que cuidase siempre de su hija, que la aconsejara en su reinado. Y yo llegué tarde, esa pequeña no tuvo la oportunidad de vivir ni de mostrar al mundo todo lo que podía hacer su corazón. Pero juro que la encontraré, encontraré la otra parte del medallón para que pueda descansar para siempre en esta losa.


Y así, con la cabeza gacha y el corazón triste, Evan salió de la estancia, dejando solo a Crow con sus pensamientos, observando aún el rostro de la joven, sin saber qué decir.