Todos los días iba a visitarle. Desde aquel veintiséis de Febrero, no había faltado ni un sólo día a mi cita con papá. Llevaba más de dos años en coma, soportando inmutable las pruebas de los médicos, que aseguraban que aún había una pequeña posibilidad de recuperar la vida de mi padre, pero que, por razones desconocidas, no hallaban.
Pero el tiempo pasaba, y mamá estaba cada día más encerrada en su prisión de desolación, de tristeza y de soledad. Se aislaba del mundo, no quería hablar conmigo. Encendía la televisión y veía los programas del corazón que tanto le molestaban a papá, pero realmente no los veía, simplemente matenía la mirada fija en la pantalla mientras pensaba en sus cosas. Cada día la sentía más dependiente de mi. La despidieron de su trabajo porque un día, cuando tenía que haber llevado unos papeles, no estaba ni en su escritorio ni en los pasillos. La buscaron durante horas y finalmente la encontraron en un retrete, de pié, frente al inodoro, con la puerta entreabierta y los papeles completamente empapados en la taza del WC. Sólo dijo que tenía que contar las baldosas del baño.
Cada día estaba más claro que mi madre llegaría a un punto en que dependería íntegramente de mi, y yo tendría que cargar con todo el peso de la familia. Afortunadamente, yo era hija única. Pero eso también era un inconveniente, pues estaba claro que para cuidar de mi madre debería dedicarme exclusivamente a ella, sin poder ejercer mis estudios, tal como quería. Yo tan solo tenía diecisiete años.
Así que empecé a agobiarme, y cada visita que hice a mi padre después de entonces fue para pedirle siempre lo mismo. No me daba cuenta de que estaba siendo egoísta. El caso es que siempre le decía:
-Por favor, papá. Vuelve conmigo, te necesito. No puedo con mamá, se me escapa todo de las manos. Echo de menos cuando veíamos dos o tres películas los sábados y nos hartábamos a golosinas. Y cuando íbamos los domingos por la mañana a conducir, y tú siempre sabías mantener la calma cuando se me escapaba el volante, o aceleraba cuando tenía que frenar. Necesito que vuelvas a mi lado. No soporto la vida sin ti. Se me viene todo encima, y mamá cada día se vuelve más cerrada conmigo. Te necesito aquí, necesito que vuelvas y no te vayas más...
Pero no había respuesta. Las enfermeras empezaron a sentir pena por mi. Iba todos los días a decirle lo harta que estaba de que mamá hiciera locuras en casa, como poner los tapones en los lavamanos y dejar que se derramara el agua por el suelo, o romper los cojines de plumón que teníamos en los sofás para pasarse horas y horas soplando las plumas. Hasta que un día, ocurrió lo que tanto intentaba evitar.
El doctor se me acercó, y me dijo que las pruebas estaban resultando demasiado costosas, no podía hacerle más. Yo le contesté que no había ningún problema, que no le hicieran más pruebas, pero que no quería perder la esperanza de que despertara. Pero el doctor me dijo que le habían realizado todas las pruebas conocidas y no había dado señal existente de vida, así que estaban gastando dinero y ocupando un importante espacio en el hospital. Me dieron un plazo de dos días, y me dijeron que podría estar allí si quería cuando desconectaran las máquinas que le hacían funcionar.
A la mañana siguiente me levanté, me lavé la cara y fui a mirar si mi madre había hecho ya un desastre. A diferencia de la mayoría de las noches, mi madre había estado tranquila, viendo la teletienda, y se había quedado dormida en el sofá. La arropé, me vestí y fui al supermercado. Allí compré un par de bizcochitos y un refresco, y luego volví a casa. Preparé la comida, y después de comer saqué los bizcochos y le di uno a mi madre. Le pregunté "¿no me felicitas? Recuerda mamá, hoy es mi cumpleaños. Dieciocho". No contestó, sólo abrió el envoltorio y se comió el dulce.
No fui al hospital aquel día. Tampoco celebré mi cumpleaños. Me pasé el día pensando en cada momento que había vivido con mi padre. Cogí el álbum de fotos y empecé a hojear las páginas. Recordé mi cuarto cumpleaños, cuando mi madre estaba empeñada en sacarnos una foto bonita a los dos, y yo odiaba las fotos, nunca me estaba quieta. Y de repente, papá me cogió en brazos y me hizo una mueca. En la foto salimos los dos riéndonos a carcajadas. No me había dado cuenta de que mamá había entrado en la habitación, sólo vi su mano recorrer toda la página y pararse en esa foto. Mantuvo su dedo índice sobre el rostro de mi padre, y una lágrima suya cayó sobre mi hombro. Era el primer signo de vida que daba desde hacía ya mucho tiempo.
No dormí aquella noche, pensando que mi padre sería en cierto modo asesinado a las nueve de la mañana del trece de Octubre. No me levanté de la cama hasta pasadas las ocho, y entonces, sin más, decidí ir al hospital. En principio me había negado a ir, no quería ver así a mi padre, pero tenía que hacer algo.
Fui corriendo hasta su habitación, y las enfermeras me persiguieron por los pasillos, conscientes de lo que pasaría a las nueve. Me senté a su lado. El doctor estaba de pié, al lado de la cama, esperando a que me despidiera, y las enfermeras estaban ocupando todas las paredes de la habitación con rostros melancólicos. Habían terminado por cogernos cariño, después de todo.
-Papá -le dije-, estoy aquí. Sólo quería decirte que lo siento. He venido aquí para quejarme, cuando eres tú quien no ha podido disfrutar de la vida, de caminar, de respirar aire fresco. No te preocupes por nosotras, te prometo que cuidaré de mamá. Saldremos adelante, papá. Siéntete orgulloso, porque no te culpo. Gracias por educarme, porque con todo lo que me has enseñado, aprenderé a vivir. Nunca olvidaré nada, papá.
Abrí mi bolso y saqué de dentro la fotografía de mi cuarto cumpleaños y la puse bajo sus manos. Las enfermeras empezaron a sollozar, y el médico procedió a desconectar con un cierto ápice de amargura una a una las máquinas que habían mantenido con vida a mi padre durante casi tres años.
Pero ocurrió algo. El pitido constante que debería seguir a la desconexión de las máquinas, el cual confirmaría que el corazón había dejado de latir, siguió emitiendo pitidos uniformes. El doctor, extrañado, comprobó todo de nuevo.
-Sigues siendo la niña que reía dulcemente en mis brazos con cuatro años, pequeña -dijo mi padre.
"¡Es un milagro!", gritaron las enfermeras. Lloraban como locas, rompían en aplausos y volvían a sollozar con alegría de nuevo. Pero yo solo tenía ánimos para una cosa. Abracé a mi padre y le dije "me prometiste que no faltarías, y no lo has hecho". "¿He llegado a tiempo para tu cumpleaños?", me preguntó. "Con un día de retraso", le contesté, "pero no hay mejor regalo que éste, papá". No me dejes nunca. Tú me haces fuerte.
Dedicada a mi padre, pues aunque no se lo demuestre, él me da fuerzas para seguir adelante.
Michelle Martínez. Visítame en tuenti.com ;)
con decir que me ha echo llorar lo digo todo
ResponderEliminarLo has conseguido Michelle.. he llorado como una magdalena!!
ResponderEliminarMe recuerda a alguien muy querido para mi..
Sigue asi!
joder tía!! :'( esta historia esincreible!! estoy llorando! joder,al leerla no he podipo evitar pensar en mi padre, mañana lo veo, y le voy a dar un abrazo y un beso increibles! gracias tía por abrime,en cierto modo, los ojos. :)
ResponderEliminarEsa es mi niña,...., mi ahijada, un fenómeno,....., que si le acaban de dar el premio nobel de literatura a Mario Vargas LLosa es porque no te han leido a tí, pero en lo que te lean,....., ya veremos como tiembla la tierra. Que tienes madera para mucho y que lo sigas haciendo, que escribes bellísimo. Te quiero mucho y estoy muy orgulloso de tí, eres grande Michelle, sigue así. Un beso
ResponderEliminarTu padrino.....
Xelle Eres Increíble, ¡has conseguido que llore!, me encanta. Sigue así..
ResponderEliminarMayra
Un dia hace casi un monton de tiempo me hiciste soltar mis primeras lagrimas de felicidad. No eras mas grande que un garbanzo y ya provocaste sentimientos que con el tiempo no hacen mas que crecer.Pasaron los dias, meses, años y sigo presumiendo de mi princesa, mi niña, mi inspiracion. No encuentro palabras en el diccionario para decir como te quiero. No existen numeros suficientes para cuantificar cuanto te adoro. Algunas veces hasta me da pena el resto del mundo porque tu, mi preciosa princesa eres mi hija. Gracias... Papa.
ResponderEliminarSé que llego tarde,pero mejor tarde que nunca =)
ResponderEliminarMich..como escribes pequeña mia,me has hecho llorar..yo una vez soñé que me ocurría eso,pero a diferencia de que mi padre no despertó..supongo que esos tipos de sueños son por los temores.. Bueno..que sigue así,que dentro de poco ya me verás comprando un libro tuyo ^^ By: Tu sistel.
Los seres humanos son tan perfectos que son capaces de emocionarse ante un montón de letras magistralmente ordenadas... Sentirse más fuertes y felices al poder procesar ese montón de letras con los sentidos a flor de piel... Con los sentimientos hirviendo de placer...Los seres humanos son, a veces, tan afortunados que pueden leer esas cosa que escribes tu..., y en la intimidad, llorar...
ResponderEliminarAgustín