8.15.2011

Capítulo 6.

Evan aguardó durante horas, esperando a que Crow apareciera, mas del agua no salió nadie. Y sin más la ropa de Crow se desvaneció en una nube negra. Él no apareció en el comedor para desayunar, ni tampoco para comer, y a la hora de la cena muchos dijeron verle deslizándose entre las sombras que proyectaban las grandes columnas de piedra, pero ninguno estaba seguro, ninguno alcanzó a hablar con él. Y así durante días. Los rebeldes decidieron levantar una tumba simbólica al lado de la de Melinda, para demostrar así que aún rendían culto al que siempre sería el mejor rey que había pisado esas tierras. Y justo cuando ya lo habían construido, y todos se reunieron ante la nueva losa tallada a la perfección, con cada detalle cuidado al milímetro, apareció Crow, se puso frente a la losa y no dijo nada, sólo se quedó allí, en silencio, durante horas, hasta que todos se marcharon, hasta que las antorchas se consumieron, inmóvil. A la mañana siguiente, Evan entró a la sala, y puso su mano sobre el hombro de Crow, intentando animarle, y fue entonces cuando, entre los guantes negros de Crow, pudo ver una cadena de oro, un colgante. En realidad, la mitad de un colgante… La mitad que le faltaba, la mitad de Melinda, la mitad que completaba aquel colgante que Aldor le había entregado.


Evan se cegó con la ira, empujó a Crow contra la pared oprimiendo su garganta y le preguntó, a voz en grito, dónde había encontrado eso y por qué no había informado de ello, por qué no había dicho nada de un hallazgo que podía desvelar el paradero del cadáver de la joven Melinda.


-¿De veras crees que tienes la suficiente fuerza en tus manos de humano insensato e impulsivo como para impedir mi respiración, Evan? –Crow estaba calmado, como si estuviese sentado ante una mesa bebiendo cerveza, como si su vida no corriera peligro en absoluto.


-Juro que si no respondes de una maldita vez a todas mis preguntas te desgarraré el pescuezo. ¿Quién demonios eres y de dónde has sacado ese colgante? –Evan se enfurecía cada vez más, pero sus manos no temblaban. Sabía lo que decía, y no le importaba perder la vida del mejor guerrero que tenían, no le importaba arriesgar todo el trabajo de la resistencia, no le importaba que sin él no pudieran ganar la gran batalla. No le importaba porque no consentiría que el asesino de la joven que robó su corazón tuviera la osadía de tratarle de amigo.


-Evan, tranquilízate, por favor. No estás pensando con cordura -. Crow empezaba a perder los nervios.


Entonces, Evan perdió la cabeza, y en un arrebato de ira arremetió contra Crow. Desenvainó la espada dispuesto a atravesarle de lado a lado. Jamás se habían enfrentado el uno al otro, pero ambos sabían que el otro era ágil con la espada. Crow se zafó del abrazo opresor de Evan e intentó calmarle, evitar la lucha.


-Evan, tranquilízate, puedo explicártelo… Si me dejas…


Pero Evan no escuchaba, estaba ciego con la ira. Se abalanzó sobre Crow con la espada en alto dispuesto a asestarle un solo golpe, certero, a fin de acabar con la vida de aquel traidor. Pero Crow sacó su espada de filo oscuro, de aquel material extraño que había sido examinado por todos aquellos que tuvieron ocasión y que no había sido identificado como familiar, con esa empuñadura tallada al más puro arte gótico, con toques en carmesí y una inscripción a lo largo de la hoja, también de color carmesí brillante: “Cibus sanguis meus”, del latín, cuyo significado era “La sangre es mi alimento”. Esquivó el golpe de Evan y le asestó con gracia en el hombro, mas claramente su intención no era herirle, pues lo hizo con la empuñadura. Aturdido sería más fácil convencerle de escuchar. Pero Evan se levantó, y decidió no dejarse llevar por la furia, mantener la mente fría y meditar sus movimientos. Eso lo había aprendido de Crow, sin duda. Así que se aproximó con más cautela que la primera vez y sus espadas comenzaron a chocar la una con la otra. Más que una lucha, aquello parecía una danza: se movían con gracilidad, y tanto la capa de Crow como la inmaculada camisa blanca de Evan se movían al compás de aquel baile, dándole más belleza a aquello que, a pesar de ser un enfrentamiento, habría parecido un espectáculo de no ser porque no había ningún espectador.


Trepaban por las rocas, se subían a los mesados, se abrían camino a patadas con todo aquello que les rodeaba… Pero nunca abandonaban aquella lucha. Hasta que, de repente, Evan cambió la espada de mano. No pudo evitar sonreír cínicamente, ahora era ligeramente superior que Crow. O no… Porque sin más, Crow también cambió la espada de mano con gracilidad y la empuñó aún con más firmeza que con la mano con la que la había sujetado hasta ahora. Evan permaneció atónito. En el fondo, Crow se lo estaba poniendo ya bastante fácil. No estaba haciendo uso de su magia, ni tampoco invadía su mente para adivinar los movimientos que realizaría a continuación. Se estaba divirtiendo con lo que hacía, para Crow sólo era un juego. Eso enfadó aún más a Evan, y la ira volvió a invadirle. Se abalanzó sobre Crow empuñando su espada con las dos manos, desde arriba, y Crow harto de marear a Evan abandonó la pelea, se detuvo, levantó el brazo y cuando Evan pisó de nuevo el suelo quedó paralizado por una fuerza invisible que salía de la mano de Crow.


-Ahora vas a escucharme atentamente, si no quieres permanecer en esta posición hasta que mueras de sed o bien un depredador se apiade de tu agonía y decida asesinarte rápido y con mucho menos dolor. Ahora, te soltaré, y si vuelves a atacarme ten por seguro que no dudaré en destruir cada miembro de tu cuerpo frágil y mortal, ¿entendido?


De pronto, Evan respiró profundamente y abandonó la posición de defensa. Se preparó para escuchar lo que Crow tenía que decir, pero este último mostraba inseguridad, balbuceaba, pensaba mucho lo que decir.


-Tal vez la mejor manera de explicar lo ocurrido no sea con palabras.- y acto seguido, Crow se quitó la capucha, se llevó la mano a la garganta y sacó de ella una etérea bola de luz. El rostro de Evan era indescriptible, reflejaba su sorpresa en cada milímetro de sus facciones angulosas y perfectas. No supo qué decir, y lo único que su cerebro le permitió articular fue: “Tú…”.


7.16.2011

Recuerdas.

Antes de publicar otro capítulo de mi "untitled", quería subir un microrrelato de los que escribo. Probablemente entre hoy y mañana suba el capítulo seis, he estado bastante liada, además de falta de inspiración, pero no os preocupéis, he vuelto. Os dejo con mi última creación, "Recuerdas".


Durante estos últimos días me he acordado de todos los buenos momentos que vivimos juntos. Todos aquellos paseos por la playa, cogidos de la mano, todas aquellas caricias que me dabas, todos aquellos regalos que me diste, aún cuando sabías que el mayor regalo que podías darme era hacerme más feliz, si cabía.


¿Te acuerdas de cuando me miraste a los ojos y me dijiste que me querías, que yo era todo lo que siempre habías querido, y lo que hasta ahora nunca habías conseguido? También he pensado en aquella vez que me llevaste a la feria, y bailamos toda la noche, riéndonos. Me compraste algodón de azúcar, me invitaste a subirme en todas las atracciones que quise probar, conseguiste un peluche para mí en aquel puesto en el que era imposible acertar a encestar la pelota… Tú conseguías lo imposible por mí.


¿Sabes? Ahora mismo me ha venido a la mente aquella vez, cuando me dijiste que siempre estarías a mi lado, y me lo creí. También recuerdo cuando me abrazabas, cuando me dejabas tu enorme chaqueta cuando tenía frío, y cuando íbamos a la playa y siempre te preocupabas de que estuviese bien, de que no me quemara, de que los cangrejos no me aterrorizaran, y cuando saltabas conmigo las olas, cogidos de la mano. No recuerdo ningún momento triste contigo, absolutamente ninguno.


Y tú, ¿recuerdas algo de todo esto? Claro que no lo recuerdas. Es imposible que lo recuerdes, porque nunca ocurrió, porque moriste antes de que pudiese conocerte, pero aún así ocupas un lugar en mi corazón que nadie podrá ocupar jamás. Porque yo habría sido la niña de tus ojos. Lo que daría por haberte conocido, abuelo. Siempre a mi lado.

6.09.2011

Capítulo 5.

-¿Cómo que son niños? –preguntó Roger atónito.


-No son niños realmente, sólo lo son en apariencia. Al parecer, los magos al servicio de Hordon han ido más allá de lo permitido, han formado alianzas con el diablo y ahora sus soldados tienen la apariencia de jóvenes y tiernos niños, mas tienen igual fuerza, igual destreza e igual entrenamiento que los soldados que antes eran. El niño que estaba en el callejón era uno de ellos. Se les puede diferenciar por la manera de pensar. Piensan como adultos, actúan como adultos, como lo que son. No pueden evitarlo. Mi intención no era asesinarle, pero sabía demasiado, no podía permitir que…


-Tranquilo, Crow, no hay por qué dar explicaciones. Hiciste lo que debías, tienes plena libertad de actuación.


Crow se tranquilizó ante las palabras de Evan, y mientras todos murmuraban, éste último preguntó a Crow qué harían, respondiéndole Crow:


-Debemos prepararnos para todo. Esos niños tienen destrezas iguales a las de un humano adulto y entrenado, pero tienen un tamaño y un volumen que les da ventaja en batalla. Probablemente vengan a nosotros aparentemente desarmados, pero debemos actuar sin piedad. Ellos crean monstruos, nosotros los exterminamos. Es ley de supervivencia.


Y mientras todos dialogaban, irrumpió Juren, el joven, en la sala, gritando a plena voz que habían acabado con la tumba del rey Aldor. La habían reducido a polvo, la habían destrozado, alegando que en ese castillo ya no quedaba nada del reinado de aquel rey que, a ojos de Hordon, era un bastardo de sangre plebeya que no merecía un sitio en el castillo, ni aunque ese sitio fuese el que su tumba ocupaba.


Todos comenzaron a alborotarse, puesto que Hordon había picoteado como un pájaro carpintero la paciencia de los rebeldes, pero esto era demasiado, había colmado el vaso, les estaba provocando, incitándoles a salir, cegándoles por la furia, y lo consiguió… Al menos con uno de los rebeldes. Mientras todos discutían y alzaban la voz para ser escuchados, Crow se incorporó de su asiento y se giró con rapidez. Evan le detuvo agarrándole del brazo, y a pesar de que Crow tenía el rostro cubierto por su capucha, Evan pudo sentir su mirada de odio, y todas las copas que se hallaban sobre la mesa, las cuales no eran de cristal, sino que estaban hechas con mármol tallado, se resquebrajaron y estallaron como si estuviesen llenas de nitroglicerina y hubiesen sido sacudidas todas a la vez. El silencio se hizo, y se oyó el murmullo que salió de la garganta de Crow, propio de la ultratumba, que sólo dijo “Suéltame”. Evan le soltó sin dudarlo. No conocía demasiado a Crow, pero desde luego nunca le había visto así, y lo mejor era dejarle ir. Sabía que no cometería ninguna locura, que sólo necesitaba estar solo, y que lo mejor sería dejarle hacer lo que quisiera.


Crow salió de la sala y no regresó esa noche. Al día siguiente, cerca del mediodía, reapareció con dos ciervos a lomos, listos para asar. Se sentó junto a las mujeres de los rebeldes y las ayudó a despellejar los ciervos, pero no dijo ni una sola palabra. Comieron todos, todos menos él, que se aisló en sus aposentos con esa cortina de humo negro cubriendo la entrada. Evan subió hasta allí y, aunque sabía que no podía penetrar a través de esa columna de humo, lo intentó como hacía siempre. El humo era menos denso que de costumbre. Se percibían sombras al otro lado. La capa de Crow estaba colgada de ninguna parte, flotando en la nada, y Crow se hallaba en la bañera, puesto que su cabeza sobresalía de ella.


-Crow… ¿Estás bien? ¿Qué te ha ocurr…?


-Lárgate. No deseo hablar.


-Crow, te necesitamos ahí abajo. Todo es un caos, no puedo sobrellevarlo solo, necesito que me ayudes a tranquilizar a los rebeldes, quieren atacar al alba, mañana.


-Pues que ataquen, son libres de hacer lo que les plazca, precisamente por eso es por lo que son rebeldes y no siguen al bastardo al que la mayoría llaman rey.


-Crow, por favor, déjame entrar y hablemos.


-Basta, lárgate. –la columna de humo se hizo tupida, ya no se veía nada, y a los pocos segundos, Crow la atravesó y saltó al vacío, como hacía siempre.


Evan le siguió. Esta vez, Crow no parecía darse cuenta de que le seguían, porque iba mucho más despacio y con calma. Y así, sin previo aviso, echó a correr y Evan le perdió de vista, pero dejó un rastro tras de sí, no se preocupó por ser sigiloso, y Evan lo siguió. Llegó hasta un lugar en el que nunca había estado. Había una pequeña cascada, y un lago bastante grande, rodeado por árboles. La cascada hacía una especie de humareda, lo que indicaba que el agua se evaporaba con facilidad, es decir, estaba tibia. Evan no veía a Crow por ninguna parte, pero su capa, sus vestimentas, su espada, todas sus pertenencias estaban colgadas de la rama de uno de los árboles que rodeaban el lago, y entre todas aquellas pertenencias había vendas, muchas vendas, metros y metros de vendajes. Pero no estaban manchados, no había sangre en ellos. Entonces… ¿Para qué usaba tantas vendas Crow?

5.18.2011

Capítulo 4.

Con las sospechas hacia Crow por parte de Evan, lo más razonable era posponer la inspección del castillo. Los días pasaban, y Evan espiaba cada noche a Crow, intentando averiguar a dónde iba por las noches, pero Crow era demasiado rápido. Hasta que un día, en lugar de esperarle tras el portón trasero esperó tras el árbol en el que siempre le perdía de vista. Estuvo esperando, y después de unos minutos Crow pasó sigilosamente a su lado. Era rápido, y Evan no quería ser descubierto, así que sería imposible seguirle. Sería imposible, de no ser porque Evan fue más astuto y pidió a Marion, el mago que le ayudaba con sus problemas personales, una poción simple, que si era ingerida por Evan, éste podría ver el rastro de Crow, ya que la poción contenía un cabello de este último. No había sido fácil conseguirlo. Evan bebió, y acto seguido unas marcas en el suelo comenzaron a brotar de la tierra. Siguió las pisadas de Crow, y estas le llevaron al último sitio a donde esperaba: al castillo.


"Trabaja para Hordon, el muy miserable", pensó Evan. Siguió las huellas con sigilo, y se dio cuenta de que Crow había pasado por sitios poco transitados por los guardias. ¿Por qué evitaba a la guardia, si trabajaba para ella? Daba igual, la curiosidad invadía a Evan, y continuó siguiendo el rastro. Bajó escaleras, y más escaleras, hasta llegar al osario. Y allí estaba Crow, arrodillado frente a la tumba del Rey Aldor, silencioso. Puso la mano desnuda, sin guantes, sobre la fría roca que encerraba el cuerpo del difunto rey, y Evan pudo ver cómo se iluminaba con el contacto. Crow entró en una especie de trance, y tras unos segundos se separó, se puso el guante y se levantó. “Hasta mañana”, dijo. Cuando ya se había ido, Evan se acercó a la tumba a experimentar el fenómeno, mas no ocurrió absolutamente nada. Bajo sus pies pudo ver tierra mojada en algunos puntos. Crow había llorado. Esa devoción no era propia de un guerrero cualquiera. Ahí pasaba algo, y a Evan se le escapaba.


Volvió a la cueva y Crow estaba ya meditando en su estancia. Evan no se reprimió, entró en los aposentos de Crow sin guardar sigilo, y a voz en grito le dijo:


-¡Maldita sea, Crow! ¡¿Qué demonios hacías en el castillo?!


-Visitar la tumba de mi rey, ¿es ese un delito?


-Supiste cómo entrar al castillo sin ser visto, y esa información nos ha sido ocultada. Además, vi cosas… Cuando tocaste la piedra, ésta se iluminó. ¿Qué diantres era eso?


-Verás, Evan, simplemente recababa información. Tengo el “poder” de indagar en todas las mentes, incluso en aquellas que están sin vida. Cualquier cosa que Hordon haya podido decir, o hacer, y que haya llamado la atención de Aldor será un arma que podremos usar contra Hordon. Dado que decidiste atrasar nuestra operación, me he dedicado a indagar por mi cuenta hasta nueva orden.


-Y si es así, ¿qué has averiguado?


-He averiguado que Hordon planea algo, y asesinó a Aldor porque éste sabía más de la cuenta. Descubrió algo, algo horrible, y su mente lo bloqueó, o bien Hordon realizó algún hechizo, pues no soy capaz de ver qué es lo que descubrió. No sé qué oculta Hordon, pero es gordo, muy gordo.



-Mañana mismo entramos al castillo. Debemos averiguar qué ocurre sin demora.



A Evan pareció olvidársele que Crow no había resuelto todas sus dudas. Era responsable y se centró en su cometido, tendría tiempo para Crow luego.



A la mañana siguiente, partieron antes del amanecer y con paso decidido. Crow comentó que sólo había estado de noche en el castillo, pero que, si los turnos no variaban, los cambios de centinelas se producían cada dos horas, y dado que él solía entrar a las dos en punto, dedujo que la mejor hora para entrar serían las cuatro de la madrugada, cuando aún no hubiese sol, ya que para cuando saliesen del castillo el sol ya habría bañado la ciudadela y entonces podrían mezclarse entre la gente. Y así, Evan, Crow, Danen y Roger, el cual se había empeñado en acompañarles a pesar de no ser tan ágil, pero sí ser cauto e inteligente, emprendieron la ruta con sigilo y con temor a ser descubiertos. Crow caminaba al frente con paso decidido. Era increíble que fuese más grácil aún que Danen, que a pesar de ser muy joven había dedicado sus escasos ciento setenta y dos años a entrenar. Cuando Danen caminaba se sentía un susurro en el viento, que apenas parecía una brisa, mientras que caminar al lado de Crow implicaba absoluto silencio. Todos se sentían ruidosos a su lado. Su capa ondeaba, pero no se enganchaba a ninguna rama, ni se descolocaba. Era como si formase parte de él.



Llegaron al castillo y cruzaron la muralla con muchos apuros, pues a pesar de que Crow era ágil, iba al final ahora, ayudando a Roger a trepar la muralla por los recovecos más estrechos. Cuando al fin llegaron arriba, Crow decidió dividirse del grupo. Alegaba que sería más rápido que buscase él solo, ya que era infinitamente más rápido y sigiloso que los demás, mientras el resto del grupo se encargaba de vigilar las guardias y de asegurarse qué recorrido seguían los centinelas antes y después de su tiempo de vigilancia. Pasado un tiempo, Crow regresó muy rápidamente, frenético. Había ocurrido algo.



-¿Qué ocurre? –preguntó Evan inquieto.



-No hay tiempo, lo comunicaré a todos los rebeldes a la vez. Debemos irnos ya, es peor de lo que creía.



En lugar de bajar por el exterior de la muralla, esperaron al cambio de turno para poder disiparse entre la gente, tal y como habían planeado. De repente, un niño se acercó a Evan justo cuando accedieron a un callejón sin gente. Acababan de descender por la muralla, y daba la impresión de que ese niño les había visto.



-Mi señor, ¿seríais tan amable de darle unas monedas a este pobre miserable? –preguntó el niño dulcemente.



Evan era bondadoso, buscó en su saco unas monedas y se las tendió. Danen mostraba rostro de preocupación, y Crow se adelantó, poniéndose frente al pequeño y sirviendo de escudo a Evan.



-¿Estabais trepando la muralla? Venís de palacio, ¿no es así? Mas nunca os he visto por aquí… -el niño bajó la mirada y susurró – Traidores.



A diferencia de la reacción que la mayoría esperaban, chillidos de desesperación, el niño les miró, con sonrisa cínica, y rápido, con fuerza, trató de embestir a Crow. Éste, sin más miramientos, lo atravesó con su espada de acero negro, quedando este tintado con el rojo espeso de la sangre del muchacho, que se desplomó contra el suelo y, tras un momento, fue rodeado por un humo púrpura que le hizo desvanecerse.



-No hay tiempo para explicaciones. Es demasiado largo como para explicarlo aquí. Nos vamos. –Crow estaba decidido.



Cuando llegaron a la mesa de reuniones, los más importantes se sentaron y el resto permanecieron de pie alrededor, atentos ante las nuevas que traían. Crow se incorporó, y dijo con una voz muy profunda que denotaba horror:



-He visto cosas… Cosas horribles. No nos enfrentamos a nada común. No es un ejército como todos los que la gran mayoría hemos visto. Hordon ha sabido aprovechar nuestro punto más flaco.



-¿Y ese punto, cuál es? –preguntó Roger repleto de curiosidad.



-Querido Roger, no te das cuenta… Nuestras razas son bien distintas… Sí… Mas hay algo que nos caracteriza, que nos hace iguales… Sí… -Soth, el enano, estaba completamente loco. Pertenecía a los rebeldes porque a pesar de su escasez de cordura y de su espíritu pacifista, sabía ciertas cosas, veía algo que los demás no eran capaces de ver, y se había vuelto tan loco por esa razón. En otros tiempos había sido un gran guerrero, pero los espíritus de las víctimas inocentes a las que torturó y mató le persiguieron durante años hasta que pudieron arrebatarle todo el odio que quedaba en él, llevándose también un poco de su cordura.



-Silencio, Soth –dijo Roger tajante. Pero Crow esperó, sabía lo que Soth iba a decir, y dejó que tuviera su momento de protagonismo. A éste le brillaron los ojos, verdes como las esmeraldas, rodeados por algunas arrugas propias de la edad que le daban un aire de bondad.



-Es obvio. La compasión. –Soth había dicho lo que tenía que decir, así que se dio la vuelta y se fue, refunfuñando y soltando risotadas.



-¿La compasión? ¿Y cree que tendremos compasión con sus soldados? –dijo Evan.



-Como dije, no son soldados corrientes. Son engendros. Son… Niños.


5.15.2011

Capítulo 3.

Todos se encontraban alrededor de la mesa de reuniones, y Evan presidía la mesa, incorporado, hablando serenamente con el resto de los asistentes. Crow se encontraba a su derecha. Este último se había ganado el respeto y el afecto de los demás a lo largo de las semanas de entrenamiento. Había conseguido llevarse bien con enanos, elfos, magos y humanos, y había descubierto su faceta más dicharachera, presentando un humor fino cargado de ironías. En aquel preciso instante, decidían cuándo se realizaría la inspección al castillo. El fin de dicha expedición era determinar las horas de los cambios de turno de los soldados que hacían guardia en la muralla, y de intentar buscar algún acceso directo a la cámara real, para que el gran día de la revolución entraran dispuestos a asesinar sin piedad alguna a Hordon.


-Lo mejor es que vayamos los más aventajados, será más fácil que si llevamos a los magos con nosotros, ya que son sabios, pero ancianos, y no saben defenderse en batalla. Los enanos son buenos en campo abierto, pero debemos reconocer que no son sigilosos. Lo mejor es que sólo vayamos los elfos, Crow y yo – dictaminó Evan.


-¿Y cuándo partiremos, Evan? –preguntó Crow.


-Sin demora, mañana al alba, antes de que salga el sol debemos estar allí, así que id inmediatamente a descansar.


Sin rechistar, todos se levantaron de la gran mesa rectangular de madera maciza y se dirigieron a sus aposentos y a sus respectivos hogares. Cuando Crow se levantó, Evan puso una mano en su hombre, indicándole que se quedara y mantuviera una conversación con él.


-Crow, llevamos semanas conociéndote, y creo que es hora de que te conozcamos por completo. El hecho de que descubrieras por fin tu rostro ayudaría a los rebeldes a sentirse más seguros ante una posible traición. A pesar de haberte ganado su respeto y afecto, muchos temen a que nos traiciones, y el hecho de que te muestres les tranquilizará. ¿Qué puede ser tan horrible como para que desees ocultarlo de tal modo?


-Evan, lo siento, pero mi objetivo no es tranquilizar a las gentes que aquí residen, sino luchar por mi pueblo.


Acto seguido, Crow se dio la vuelta y comenzó a caminar con calma, se dirigió a la escalera central construida con barrotes de madera en forma circular en la cual había agujeros que daban a puentes de madera y cuerda, pendientes de la roca y de dicha escalera central, que daban a las concavidades en las que los rebeldes sin hogar residían. Crow se adentró en sus aposentos y una nube negra y espesa cubrió la entrada. Era un hechizo que realizaba cada noche. Tras un rato, esa nube se desvanecía y se le veía sentado sobre el catre, con las piernas cruzadas, meditando. Así se pasaba la noche, sin dormir, sólo meditaba. Una vez Evan intentó traspasar aquella nube, mas era dura como el acero y densa como la roca, pero pudo alcanzar a oír el ruido del agua. Se aseaba, y buscaba la intimidad, no como el resto de los hombres, a los que no les importaba mostrar su desnudez.


Esa noche Evan no pudo dormir, se dedicó a sentarse al lado del fuego, observándolo. Miró hacia arriba y vio como la nube negra se desvanecía, y tras el humo salió Crow, que decidido saltó directamente al suelo, sin utilizar el puente ni la escala, aún a pesar de que el suelo se encontraba a más de quince metros de altura. Traspasó el portón trasero y salió al negro bosque. Evan le siguió, pero cuando salió al exterior lo único que consiguió ver fue la capucha de Crow ondeando, hasta que se sumió entre los árboles. Cuando regresó, horas después, Evan le esperaba frente al fuego ahora consumido.


-¿Ha sido agradable tu paseo?


-¿Tienes alguna objeción ante mi insomnio, Evan?


-No, por supuesto, ninguno.

5.10.2011

Capítulo 2.

-Está bien, joven, participarás con nosotros, pero deberás acatar nuestras normas. Protegerás el secreto de nuestra organización con tu vida, y si es necesario morirás por su causa.


-Eso no será necesario -. Dijo el encapuchado.


Y así, todos juntos, decidieron comenzar a entrenar. Al encapuchado se le asignó una habitación en la cámara de los rebeldes, si es que a aquello se le podía llamar habitación, pues no era nada más que una concavidad en la inmensa roca que formaba la habitación principal, dotada de un pequeño catre blando con mantas tejidas por elfos, una gran bañera de madera con tallas claramente hechas por enanos y un sistema de agua corriente que, claramente, había sido producto del trabajo humano, debido a sus muchas imperfecciones. Además, había huecos en la piedra que habían sido hechos a mano para ser utilizados a modo de armarios. Mientras el encapuchado, al que decidieron llamar por el nombre de Crow, debido a su vestimenta parecida a la de los cuervos, negra, con brillos en la capa que parecía nueva, sin un rasguño ni una mota de polvo, colocaba sus escasos utensilios de batalla en los huecos de la roca, Evan entró en la habitación tratando de cogerlo con sorpresa, mas fue sin éxito, porque Crow pareció percatarse del compás al que iba su corazón, se giró con una gracilidad asombrosa y, sin siquiera agarrarle, paralizó al joven líder con tan solo acercársele hasta tal punto que Evan pudo ver el blanco de sus ojos, brillante, sin una sola imperfección, rodeando la oscuridad más inmensa que jamás había visto. Entonces, Crow respiró, y Evan pudo percibir un aliento dulzón, más dulce que la miel, pero para nada empalagoso y con un toque afrutado, al melocotón…


-¿Puedes olerlo? Es dulce, ¿verdad? Es el cebo del depredador, una máscara bella y agradable tras la cual espera la muerte. Si vuelves a intentar acercarte a mí por sorpresa, ten por seguro que mi aliento será lo último que olerás.


-Sólo he venido a advertirte de que algún día descubriré tu rostro, Crow, y ese día está por llegar.


-Algún día… Tal vez te lo desvele.


-Bueno, Crow, dejemos nuestras diferencias aparte. Cuéntame, ¿de dónde provienes?


-De tierras lejanas, a las que ningún hombre ha llegado.


-Entonces, me imagino que desconocerás el motivo de nuestra causa.


-Mi información es justa, Hordon asesinó a Aldor, el mejor rey que han conocido estas tierras, y esclaviza a nuestra población, creo que no hay nada más que deba saber al respecto.


-En realidad, sí que hay algo más. Sígueme.


Crow siguió a Evan a través de larguísimos pasillos iluminados por antorchas cuyo fuego parecía inagotable, hasta llegar a una estancia pequeña, en la cual había una gran losa de piedra cuadrada repleta de huecograbados. Ambos se acercaron a la losa, y Crow pudo observar la superficie. La imagen del cuerpo de una joven estaba grabada en relieve en la losa. Era una tumba. La joven estaba perfectamente detallada, cubierta por un camisón que, de no ser por el color rocoso, podría confundirse con tejido auténtico. Sus rasgos eran redondeados, su pelo ondulado, largo y desenfadado, enmarcaba su rostro otorgándole una perfección a su nariz pequeña y respingona, a sus ojos cerrados pero rasgados como los de un felino, a sus cejas arqueadas y espesas, a sus labios marcados y gruesos, a su expresión de paz eterna… Evan rompió el silencio, pero con timidez, habló en susurros y con la cabeza gacha:


-Melinda. El mejor regalo que este reino pudo recibir. La verdadera sucesora al trono, aquella a la que todos y cada uno de los habitantes de nuestra tierra amaban… Ella era la más bella, la más buena, la más honesta, la más… Simplemente, era ella, el amor de todos los caballeros.


-¿Está ella enterrada aquí? ¿No debería estar en el osario de Palacio?


-Oh, por supuesto que no está aquí. Un monstruo, algo que nunca se había visto por estos lares, se la llevó, y dejó tras de sí la sangre de este ángel. Aquí sólo yace su recuerdo, su espíritu, su esencia. Ese es mi verdadero cometido en esta batalla. Cuando Hordon caiga, el monstruo que se llevó consigo a Melinda probará el acero de mi espada. Espero que un guerrero hábil como tú llegue a poder verlo, Crow.


-Entonces… ¿Qué es lo que hay en la losa?


-Todo lo que quedó de ella. Sus ropas, sus pinturas, sus joyas… Todo está ahí dentro. Todo menos una cosa, la mitad de un medallón. Perteneció a su padre, Aldor. La otra mitad la poseía ella, y cuando murió, en su último aliento, me pidió que uniera a su medallón la parte que faltaba, me pidió que cuidase siempre de su hija, que la aconsejara en su reinado. Y yo llegué tarde, esa pequeña no tuvo la oportunidad de vivir ni de mostrar al mundo todo lo que podía hacer su corazón. Pero juro que la encontraré, encontraré la otra parte del medallón para que pueda descansar para siempre en esta losa.


Y así, con la cabeza gacha y el corazón triste, Evan salió de la estancia, dejando solo a Crow con sus pensamientos, observando aún el rostro de la joven, sin saber qué decir.


4.09.2011

Capítulo 1.

En un mundo donde los dragones surcaban los cielos y los jóvenes elfos aprendían el arte de la forja de metales preciosos, la copa de vino del Rey cayó al suelo, seguida por su cuerpo, ahora sin vida, que se desplomó con un ruido sordo. El caos se desató a lo largo del comedor: las doncellas corrían, gritando y chillando, chocándose con los bufones que hacían reír al Rey momentos antes de la tragedia. La voz corrió deprisa, y minutos más tarde toda la ciudadela gritaba “EL REY HA CAÍDO”.



El Rey Aldor, amado y venerado por todos los habitantes de aquella tierra, Trebunia, era ya anciano, pero gozaba de buena salud, y a menudo disfrutaba de largas carreras junto a sus fieles, pues él nunca se alejó de ellos. Aldor había sido elegido por todos para reinar, y él nunca olvidaría que había nacido como un joven dispuesto a luchar por todo aquello que mereciera que su sangre fuera derramada. Se desposó con la mujer más fría vista por aquellos lares, Constance, que al convertirse en reina fue la dama más amable y preocupada por su pueblo que podría haber existido. Murió tras dar a luz a una pequeña, la joven Melinda, que ahora tenía apenas diecisiete años, la cual siguiendo la voluntad de su padre debía gobernar ahora, ya fuera en solitario o con ayuda de aquel que consiguiera conquistar su corazón. Cuánto le dolería a la pequeña Melinda saber que su padre había fallecido. El ama de llaves, la señora Darion, sería quien le diría que ahora ella tendría que cargar con el peso de toda Trebunia. Fue a buscarla, pero en su lugar encontró una habitación revuelta y vacía, en cuya cama se encontraba una nota clavada con un abrecartas en la almohada de plumón sobre la que algún día había descansado la cabeza de la princesa. “Olvidad a Melinda, pues yo mismo me encargaré de que no sobreviva a esta noche. Estás sólo, pueblo de Trebunia.



Magos, elfos y enanos buscaron por todos los recovecos del bosque, y a la mañana siguiente encontraron en un charco de sangre seca los trozos de lo que en su momento había sido el camisón de Melinda, ahora desgarrado por unas enormes zarpas. Y así comenzó la búsqueda de aquella bestia horrible, aquella cosa que había asesinado sin piedad a Melinda. Algunos aseguraban haber visto salir de los aposentos de la princesa a una bestia de grandes alas planeando hacia el bosque, un ser desconocido, del que nunca nadie oyó hablar.



Tras años de búsqueda, se dieron por vencidos. Los árboles dijeron a los elfos que no habían visto nada, y los enanos recorrieron hasta el último centímetro de tierra existente en Trebunia, pero no había rastro de aquel monstruo de garras descomunales. Hordon, ansioso de poder tras ser durante décadas el consejero del difunto Rey Aldor, y posteriormente su asesino, ya que se descubrió que había sido él quien le había envenenado, aunque todo aquel que nombrara tal hecho sería cruelmente castigado, porque éste se proclamó rey de Trebunia, dando paso a la decadencia de todo aquello que él administrara. Lo único que buscaba era más dinero y poder. Comenzó a cobrar altísimos impuestos, esclavizar a los humildes campesinos y hacerse con todas las herrerías de elfos y enanos para su exclusivo uso, privando a los demás habitantes de armas con las que poder defenderse ante el peligro. Ante el miedo a una revolución, Hordon prohibió toda aquella reunión a la que él no asistiera, y aquellos que hicieran fiestas o reuniones clandestinas serían encerrados en los calabozos del castillo, los cuales no habían sido utilizados durante todo el reinado de Aldor.



Lo que Hordon no sabía era que bajando por unos pasadizos construidos por los enanos se llegaba hasta un inmenso salón hecho enteramente de roca, equipado con armas relucientes y listas para el ataque, con antorchas encendidas día y noche, en el que elfos, magos, enanos y humanos se reunían para organizar una gran batalla, la cual sólo acabaría con el derramamiento de toda la sangre de Hordon.



-No deberíamos atacar hasta que no pase un tiempo, tenemos que esperar a que los rebeldes seamos fuertes, aún no estamos preparados. Deberíamos reclutar a más elfos y que forjen más espadas. Además, aún no estamos lo suficientemente entrenados, necesitamos seguir aprendiendo, o no sabremos manejar la espada. Os recuerdo que la mayoría somos unos críos que no superamos los veinticinco, y muchos no han tocado la empuñadura de una espada en su vida. Los elfos nos ayudarán, pero dicen que aún no estamos listos para atacar.


-¿Se puede saber quién te ha proclamado líder, Evan? –Roger, como siempre, tan repugnante. Era un cincuentón, pero dominaba bien la espada, y había luchado en numerosas guerras al otro lado de los mares, que habían curtido su cuerpo, pero también su alma y su sabiduría. No había quien le rechistara.


-No me he proclamado líder, Roger, sólo he dado una opinión –contestó Evan.


-Lo cierto es que esta vez debo posicionarme a favor de Evan. Los magos también estamos aún poco preparados. Desde que Hordon nos arrebató todos los libros de conjuros, estamos oxidados, necesitamos tiempo para entrenar y además para recordar los viejos trucos. Hace ya seis años que no poseemos ningún libro de magia, Roger, necesitamos tiempo. Hordon posee todo lo que nosotros teníamos, por lo que tiene ventaja, podría adelantarse a nuestros movimientos, que hasta ahora son pocos.


-Está bien –refunfuñó Roger. Al fin y al cabo, no era tan malo después de todo -. Pero no consentiré demasiado, no puedo resistir esta situación durante mucho más tiempo, y el resto de Trebunia tampoco.


Tras aquella conversación, volvieron a la sala contigua, de mismo tamaño, en la que el suelo era de arena dura y prensada. Allí los jóvenes entrenaban el arte de la espada, mientras en la parte más alejada a los grandes portones se encontraban elfos y enanos, algunos forjando espadas y escudos y otros supervisando y mofándose de la pésima forma de luchar de otros. Evan desenvainó la espada y se enfrentó a Juren, un joven con muchas ganas de luchar, de aprender y de ser útil. Sus padres se encontraban en el calabozo oscuro del castillo, y él había jurado sacarles de allí, fuese como fuese. Evan era diestro con la espada, era ágil e incluso tenía el descaro de cambiarla de mano con el fin de pillar por sorpresa al contrincante, de modo que éste tuviera que cambiar también de mano para no sentirse desprotegido pero perdiendo destreza y agilidad. Ese era el gran truco de Evan. Le encantaba ver como sus oponentes quedaban atónitos cuando mostraba habilidad con ambas manos. Derrotó a Juren fácilmente, y le felicitó por su mejora.


-Bien hecho, Juren, has mejorado mucho.


-Gracias, Evan. Algún día conseguiré arrebatarte la espada de las manos –dijo con una amplia sonrisa llena de esperanza.


-Eso es lo que espero de ti, Juren.


Evan continuó observando, contento de que sus hombres hubieran progresado, cuando un ruido ensordecedor llenó la habitación, e incluso acalló el fuerte martilleo de las forjas. Los portones se abrieron de par en par, y una figura estrecha y no demasiado alta, pero que caminaba con gracia, cruzó la estancia a paso ligero y largo, casi como si se deslizara sobre el aire, y se detuvo frente a Evan. La figura lucía una capa larga y negra, sin rastros de suciedad, inmaculada y sin arrugas, con una capucha ancha que le cubría todo el rostro, dejando invisibles todas sus facciones.


-Deseo formar parte del grupo de los rebeldes. Puedo ser de gran utilidad –dijo el encapuchado, con voz profunda.


Acto seguido el misterioso caballero fue rodeado por más de diez de los hombres de Evan, dispuestos a rebanarle el cuello en cuanto éste diera la orden.


-Deteneos –ordenó Evan, sereno-. Descubre tu rostro, caballero, para que podamos confiar en que no sois un hombre de Hordon, que sois tan rebelde como nosotros.


-Siento deciros que no revelaré mi rostro ni aunque el mismísimo difunto Aldor se presentara ante mí y así me lo exigiera. Además, debo deciros a todos que el hecho de tratarme como a un caballero y nombrarme como sir es un error, puesto que no soy más que un humilde guerrero que busca la justicia y la paz de Trebunia.


-Me apena no poder aceptarte en nuestro clan, guerrero, pero no podemos fiarnos de alguien a quien no podemos ver.


-¿Acaso no os fiais de Dios? –dijo el encapuchado, cuya voz sonaba tan cínica que todos pudieron imaginar el gesto de mofa con el que se dirigió a todos ellos.


-¿Nos tomas por herejes? ¡Maldito bastardo! Tienes la deshonra de presentarte ante los rebeldes e insultarnos. –rechistó enseguida Roger.


-No os acuso de nada, simplemente digo que nunca le habéis visto, a no ser que hayáis vivido una experiencia divina, cosa que por vuestros rostros masacrados por la sangre, las guerras y los baños de sangre, me permito el lujo de dudar, y sin embargo tenéis fe ciega en él.


-¿Qué intentas, guerrero? –preguntó Evan, curioso.


-Intento demostraros que a pesar de que nunca le habéis visto, rezáis por que os ayude, tenéis fe. En cambio a mí sí me veis, lo único que no os desvelo es mi rostro. ¿Por qué confiáis toda vuestra suerte a alguien desconocido y no a alguien físico como yo?


-¿Y cómo pretendes que confiemos en que puedes sernos útil?


-Ponedme a prueba, todos y cada uno de vosotros, incluidos magos, elfos y enanos. Si no supero la prueba, estaré encantado de marcharme para no volver.


-Ten por seguro que eso será lo que harás, estúpido egocéntrico –dijo Roger.



Y así, mientras el encapuchado se mantuvo en su sitio, con la espalda recta y sin mover un solo músculo, los hombres de Evan se disiparon para que, uno a uno, se enfrentaran a aquel extraño. Se adelantó el primero, blandiendo su espada en el aire. Cuando la espada estaba a escasos centímetros del cuello de la capucha, el encapuchado se agachó levemente, le agarró de la cintura y, sin el menor esfuerzo, le hizo dar una pirueta en el aire antes de caer estruendosamente contra el suelo. Pasó lo mismo con el resto de los guerreros humanos, así que los enanos se dispusieron a atacar. Los enanos se caracterizaban por su brutalidad en la batalla. Con sólo chocar contra un hombre, podían romperle varios huesos. Eran pequeños, pero increíblemente fuertes, y diestros con sus escudos y mazas. En cambio, al encapuchado ni le rozaron, se movía con gran agilidad, con destreza, casi como un bailarín. Procedieron los elfos, de gran agilidad. Los elfos eran pacíficos, pero poseer guerreros elfos en un ejército implicaba una batalla prácticamente ganada. Eran ágiles, rápidos, diestros y, además, tenían la capacidad de adentrarse en la mente de su adversario, por lo que podían adelantarse a sus movimientos. Pero cuando el primer elfo se encaró con el encapuchado, no pudo disimular su asombro. Se quedó atónito, perplejo, e inmóvil.


-¿Qué ocurre, Danen? –preguntó Evan. Danen era algo así como el líder de los Elfos, se encargaba de dirigir los entrenamientos, las forjas y la distribución de las tareas en el recinto en el que residían los rebeldes, y la expresión que albergaba su rostro no le gustaba nada. Ocurría algo malo, Danen era demasiado frío como para mostrar su perplejidad, y esta vez lo había hecho.


-Es absolutamente impenetrable, nunca en mis ciento setenta y dos años me había encontrado con algo semejante. Muestra resistencia, y lo consigue.


Danen cambió la expresión, aceptó el reto de no conocer los movimientos que emprendería su adversario y se impulsó para atacar. Se acercó con una rapidez tal, que apenas se le podía ver. Roger lució una amplia sonrisa, estaba seguro de que Danen le rebanaría el cuello en menos que un gallo cantara.


Danen pasó al lado del encapuchado, y éste no se inmutó, no movió ni un músculo. Permaneció absolutamente inmóvil, y Danen dibujó una sonrisa en su rostro de facciones perfectas. En cambio, el encapuchado no se desplomó, ni se quejó de dolor, ni se agarró ninguna parte del cuerpo en señal de dolor. Soltó una breve y baja risotada, y todos quedaron atónitos. De repente, como si hubiera esperado a que el encapuchado riera, la larga trenza de Danen se desplomó contra el suelo, cortada en tres pedazos simétricos.


-La próxima vez protege tu cuello, Elfo, me ha costado esquivarlo para cortarte el cabello.


Cinco magos, juntos, decidieron acabar con la altanería del encapuchado, enfrentándose a él a la vez. Lanzaron un hechizo de energía, el cual utilizaban con asiduidad para romper objetos pesados como rocas, metales o, en este caso, un cuerpo humano. Si un solo mago podía reducir piedras inmensas con ese hechizo, con cinco magos formulándolo a la vez, el encapuchado no tenía ninguna posibilidad. Una luz azul envolvió la estancia, y cuando se disipó, todo era polvo. Los magos sonrieron victoriosos, se dieron la vuelta y prosiguieron a seguir con sus labores. Sin más, una llamarada les rodeó. La gran bola de fuego podría haberles matado, pero sólo les rodeó y se disipó, seguida de un gran remolino de viento. Ahí estaba el encapuchado, con su capa ondeando, y con su cara cubierta.


-¿Y bien? ¿Seguís sin creer que puedo ayudaros a ganar esta batalla?