Con las sospechas hacia Crow por parte de Evan, lo más razonable era posponer la inspección del castillo. Los días pasaban, y Evan espiaba cada noche a Crow, intentando averiguar a dónde iba por las noches, pero Crow era demasiado rápido. Hasta que un día, en lugar de esperarle tras el portón trasero esperó tras el árbol en el que siempre le perdía de vista. Estuvo esperando, y después de unos minutos Crow pasó sigilosamente a su lado. Era rápido, y Evan no quería ser descubierto, así que sería imposible seguirle. Sería imposible, de no ser porque Evan fue más astuto y pidió a Marion, el mago que le ayudaba con sus problemas personales, una poción simple, que si era ingerida por Evan, éste podría ver el rastro de Crow, ya que la poción contenía un cabello de este último. No había sido fácil conseguirlo. Evan bebió, y acto seguido unas marcas en el suelo comenzaron a brotar de la tierra. Siguió las pisadas de Crow, y estas le llevaron al último sitio a donde esperaba: al castillo.
"Trabaja para Hordon, el muy miserable", pensó Evan. Siguió las huellas con sigilo, y se dio cuenta de que Crow había pasado por sitios poco transitados por los guardias. ¿Por qué evitaba a la guardia, si trabajaba para ella? Daba igual, la curiosidad invadía a Evan, y continuó siguiendo el rastro. Bajó escaleras, y más escaleras, hasta llegar al osario. Y allí estaba Crow, arrodillado frente a la tumba del Rey Aldor, silencioso. Puso la mano desnuda, sin guantes, sobre la fría roca que encerraba el cuerpo del difunto rey, y Evan pudo ver cómo se iluminaba con el contacto. Crow entró en una especie de trance, y tras unos segundos se separó, se puso el guante y se levantó. “Hasta mañana”, dijo. Cuando ya se había ido, Evan se acercó a la tumba a experimentar el fenómeno, mas no ocurrió absolutamente nada. Bajo sus pies pudo ver tierra mojada en algunos puntos. Crow había llorado. Esa devoción no era propia de un guerrero cualquiera. Ahí pasaba algo, y a Evan se le escapaba.
Volvió a la cueva y Crow estaba ya meditando en su estancia. Evan no se reprimió, entró en los aposentos de Crow sin guardar sigilo, y a voz en grito le dijo:
-¡Maldita sea, Crow! ¡¿Qué demonios hacías en el castillo?!
-Visitar la tumba de mi rey, ¿es ese un delito?
-Supiste cómo entrar al castillo sin ser visto, y esa información nos ha sido ocultada. Además, vi cosas… Cuando tocaste la piedra, ésta se iluminó. ¿Qué diantres era eso?
-Verás, Evan, simplemente recababa información. Tengo el “poder” de indagar en todas las mentes, incluso en aquellas que están sin vida. Cualquier cosa que Hordon haya podido decir, o hacer, y que haya llamado la atención de Aldor será un arma que podremos usar contra Hordon. Dado que decidiste atrasar nuestra operación, me he dedicado a indagar por mi cuenta hasta nueva orden.
-Y si es así, ¿qué has averiguado?
-He averiguado que Hordon planea algo, y asesinó a Aldor porque éste sabía más de la cuenta. Descubrió algo, algo horrible, y su mente lo bloqueó, o bien Hordon realizó algún hechizo, pues no soy capaz de ver qué es lo que descubrió. No sé qué oculta Hordon, pero es gordo, muy gordo.
-Mañana mismo entramos al castillo. Debemos averiguar qué ocurre sin demora.
A Evan pareció olvidársele que Crow no había resuelto todas sus dudas. Era responsable y se centró en su cometido, tendría tiempo para Crow luego.
A la mañana siguiente, partieron antes del amanecer y con paso decidido. Crow comentó que sólo había estado de noche en el castillo, pero que, si los turnos no variaban, los cambios de centinelas se producían cada dos horas, y dado que él solía entrar a las dos en punto, dedujo que la mejor hora para entrar serían las cuatro de la madrugada, cuando aún no hubiese sol, ya que para cuando saliesen del castillo el sol ya habría bañado la ciudadela y entonces podrían mezclarse entre la gente. Y así, Evan, Crow, Danen y Roger, el cual se había empeñado en acompañarles a pesar de no ser tan ágil, pero sí ser cauto e inteligente, emprendieron la ruta con sigilo y con temor a ser descubiertos. Crow caminaba al frente con paso decidido. Era increíble que fuese más grácil aún que Danen, que a pesar de ser muy joven había dedicado sus escasos ciento setenta y dos años a entrenar. Cuando Danen caminaba se sentía un susurro en el viento, que apenas parecía una brisa, mientras que caminar al lado de Crow implicaba absoluto silencio. Todos se sentían ruidosos a su lado. Su capa ondeaba, pero no se enganchaba a ninguna rama, ni se descolocaba. Era como si formase parte de él.
Llegaron al castillo y cruzaron la muralla con muchos apuros, pues a pesar de que Crow era ágil, iba al final ahora, ayudando a Roger a trepar la muralla por los recovecos más estrechos. Cuando al fin llegaron arriba, Crow decidió dividirse del grupo. Alegaba que sería más rápido que buscase él solo, ya que era infinitamente más rápido y sigiloso que los demás, mientras el resto del grupo se encargaba de vigilar las guardias y de asegurarse qué recorrido seguían los centinelas antes y después de su tiempo de vigilancia. Pasado un tiempo, Crow regresó muy rápidamente, frenético. Había ocurrido algo.
-¿Qué ocurre? –preguntó Evan inquieto.
-No hay tiempo, lo comunicaré a todos los rebeldes a la vez. Debemos irnos ya, es peor de lo que creía.
En lugar de bajar por el exterior de la muralla, esperaron al cambio de turno para poder disiparse entre la gente, tal y como habían planeado. De repente, un niño se acercó a Evan justo cuando accedieron a un callejón sin gente. Acababan de descender por la muralla, y daba la impresión de que ese niño les había visto.
-Mi señor, ¿seríais tan amable de darle unas monedas a este pobre miserable? –preguntó el niño dulcemente.
Evan era bondadoso, buscó en su saco unas monedas y se las tendió. Danen mostraba rostro de preocupación, y Crow se adelantó, poniéndose frente al pequeño y sirviendo de escudo a Evan.
-¿Estabais trepando la muralla? Venís de palacio, ¿no es así? Mas nunca os he visto por aquí… -el niño bajó la mirada y susurró – Traidores.
A diferencia de la reacción que la mayoría esperaban, chillidos de desesperación, el niño les miró, con sonrisa cínica, y rápido, con fuerza, trató de embestir a Crow. Éste, sin más miramientos, lo atravesó con su espada de acero negro, quedando este tintado con el rojo espeso de la sangre del muchacho, que se desplomó contra el suelo y, tras un momento, fue rodeado por un humo púrpura que le hizo desvanecerse.
-No hay tiempo para explicaciones. Es demasiado largo como para explicarlo aquí. Nos vamos. –Crow estaba decidido.
Cuando llegaron a la mesa de reuniones, los más importantes se sentaron y el resto permanecieron de pie alrededor, atentos ante las nuevas que traían. Crow se incorporó, y dijo con una voz muy profunda que denotaba horror:
-He visto cosas… Cosas horribles. No nos enfrentamos a nada común. No es un ejército como todos los que la gran mayoría hemos visto. Hordon ha sabido aprovechar nuestro punto más flaco.
-¿Y ese punto, cuál es? –preguntó Roger repleto de curiosidad.
-Querido Roger, no te das cuenta… Nuestras razas son bien distintas… Sí… Mas hay algo que nos caracteriza, que nos hace iguales… Sí… -Soth, el enano, estaba completamente loco. Pertenecía a los rebeldes porque a pesar de su escasez de cordura y de su espíritu pacifista, sabía ciertas cosas, veía algo que los demás no eran capaces de ver, y se había vuelto tan loco por esa razón. En otros tiempos había sido un gran guerrero, pero los espíritus de las víctimas inocentes a las que torturó y mató le persiguieron durante años hasta que pudieron arrebatarle todo el odio que quedaba en él, llevándose también un poco de su cordura.
-Silencio, Soth –dijo Roger tajante. Pero Crow esperó, sabía lo que Soth iba a decir, y dejó que tuviera su momento de protagonismo. A éste le brillaron los ojos, verdes como las esmeraldas, rodeados por algunas arrugas propias de la edad que le daban un aire de bondad.
-Es obvio. La compasión. –Soth había dicho lo que tenía que decir, así que se dio la vuelta y se fue, refunfuñando y soltando risotadas.
-¿La compasión? ¿Y cree que tendremos compasión con sus soldados? –dijo Evan.
-Como dije, no son soldados corrientes. Son engendros. Son… Niños.
Absolutamente fantástico. Creo que no puedo decir nada más.
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